Por Joaquín Quiroz
A días de conocer quién encabezará en Quintana Roo la llamada Coordinación de los Trabajos de Defensa de la Transformación y la Soberanía Nacional —o, para hablar sin los eufemismos que tanto gustan en temporada electoral, quién será el candidato o candidata de Morena a la gubernatura—, la contienda interna parece haber entrado en un impasse.
No porque se hayan detenido las operaciones, sino porque prácticamente todas las cartas están sobre la mesa y ahora lo importante será saber quién llega mejor posicionado al momento de la definición.
En esa recta aparecen dos nombres que han logrado mantenerse competitivos: Los cancunenses Eugenio “Gino” Segura Vázquez y Ana Paty Peralta de la Peña.
Gino continúa a tambor batiente. El senador ha hecho del territorio su principal activo y recorre el estado con una estrategia que busca convertir presencia, estructura y conocimiento de marca en respaldo político.
Sigue siendo el gran favorito de una parte importante de quienes participan en esta sucesión anticipada y, hasta ahora, no ha modificado la fórmula: caminar, sumar y evitar distraerse en pleitos secundarios.
Del otro lado está Ana Paty Peralta, alcaldesa con licencia de Benito Juárez, quien ha seguido una agenda mucho más organizada de lo que algunos de sus adversarios esperaban.
La cancunense ha ido creciendo en presencia, aceptación y exposición estatal. Su reto original era evidente: salir de la enorme vitrina que representa Cancún y construir una candidatura verdaderamente quintanarroense. En eso está.
Y mientras Gino y Ana Paty parecen concentrados en crecer, Rafael Marín Mollinedo enfrenta exactamente el fenómeno contrario.
Al tabasqueño parece haberle reventado la cloaca política que llevaba detrás.
Su campaña, construida prácticamente al vapor, nunca terminó de despegar como anunciaban sus promotores. Pero el problema dejó de ser solamente electoral. La exposición pública propia de una precampaña terminó colocando bajo la lupa no únicamente a Marín Mollinedo, sino también a personajes de su entorno, relaciones políticas y antiguos colaboradores.
Y ahí comenzó el verdadero problema. Porque una cosa es vender la imagen del empresario exitoso, del funcionario federal cercano al poder y del hombre con relaciones en las alturas, y otra muy distinta es explicar públicamente quiénes han formado parte de su círculo político.
En las últimas semanas han circulado señalamientos periodísticos sobre personajes vinculados a su entorno y presuntas relaciones con personas cuestionadas por posibles actividades ilícitas. También se ha pretendido relacionar políticamente a Marín con las investigaciones y versiones alrededor del llamado huachicol fiscal y el manejo de las aduanas durante los años en que ocupó responsabilidades federales.
Todo esto políticamente sí produce desgaste, especialmente cuando quien aspira a gobernar un estado debe dedicar buena parte de su tiempo a explicar quiénes son, quiénes fueron y qué relación tuvo con determinados personajes.
Marín quiso salir al escaparate para ser candidato y terminó encendiendo reflectores sobre zonas de su trayectoria que probablemente prefería mantener lejos de la conversación pública.
Un ejemplo es la polémica generada alrededor de Alejandro Arcos, personaje identificado públicamente como cercano a Marín y cuya presencia terminó convirtiéndose en un problema político. Las explicaciones posteriores, lejos de cerrar el asunto, alimentaron nuevas preguntas sobre el verdadero nivel de cercanía y participación dentro de su estructura.
Ese es precisamente el riesgo de negar apresuradamente relaciones políticas fácilmente documentables: cada fotografía, nombramiento, o registro partidista que se quiso ocultar termina convirtiéndose en una contradicción.
Mientras más explicaciones necesita una campaña, menos tiempo tiene para vender a su candidato.
Y si hablamos de campañas peculiares, aparece Marybel Villegas Canché.
La ahora escritora presentó recientemente un libro, incorporando una nueva faceta a su extensa trayectoria política. El problema no es escribir un libro —bienvenido cualquiera que contribuya al debate público—, sino que la presentación dejó más preguntas que certezas respecto al contenido y profundidad de la obra.
En tiempos de inteligencia artificial cualquiera puede auxiliarse de herramientas tecnológicas para investigar, ordenar información o escribir. El asunto es que la tecnología puede ayudar a redactar un libro, pero todavía no puede obligar al supuesto autor a dominar aquello que firma.
Marybel parece haber trasladado a esta contienda la misma lógica que durante años le ha funcionado políticamente: aparecer, generar conversación y mantenerse vigente. Mucho movimiento, mucha narrativa y, hasta ahora, poca evidencia de que realmente esté disputando la punta.
Y de Alexa Murguía hay todavía menos que decir.
La aspirante identificada con el Partido Verde apareció en el registro, levantó la mano y posteriormente su presencia pública en esta competencia ha sido considerablemente más discreta. En una sucesión donde cada día cuenta, desaparecer del radar difícilmente constituye una estrategia ganadora.
Así llegamos a los días decisivos.
Gino Segura continúa recorriendo territorio y consolidando estructura.
Ana Paty Peralta crece y busca convertir Cancún en la plataforma de una candidatura estatal.
Rafael Marín enfrenta cada vez más cuestionamientos sobre su entorno y carga con una campaña que, en lugar de impulsarlo, ha terminado exhibiendo flancos que antes permanecían fuera del reflector.
Marybel Villegas simula competitividad y ahora también vocación literaria.
Y Alexa Murguía, simplemente, parece haberse perdido después del registro.
Falta conocer encuestas, criterios políticos y, sobre todo, la decisión que termine tomando Morena. Porque sería ingenuo pensar que una candidatura de esta dimensión se resuelve únicamente contando simpatías.
Pero si la fotografía fuera tomada en este momento, la verdadera disputa parece reducirse cada vez más a dos nombres.
Gino o Ana Paty.
Uno llegará desde el territorio; la otra intenta hacerlo desde la construcción política y la gestión.
Los demás tendrán que demostrar, en muy pocos días, que realmente estaban compitiendo y no solamente participando.
Porque en política cualquiera puede levantar la mano.
Lo difícil es llegar con ella arriba cuando llega la hora de contar.
Atenea regresó, pero los problemas nunca se fueron
Y bueno, después de sus paradisiacas y prolongadas vacaciones, reapareció la todavía presidenta municipal de Isla Mujeres, Atenea Gómez Ricalde. Regresó ella, porque los problemas nunca se fueron. Ahí permanecieron esperando: señalamientos de presuntas extorsiones a comerciantes, funcionarios municipales cuestionados y el escándalo ambiental por la muerte de cuando menos un centenar de quelonios que colocó nuevamente a la ínsula en el escaparate, pero por las razones equivocadas.
Lo verdaderamente sorprendente —aunque tratándose de Atenea quizá ya nada sorprende— es que regresó como si nada hubiera ocurrido.
Ni por equivocación enfrentó de manera frontal los asuntos que marcaron políticamente su ausencia.
Nada de explicaciones contundentes, responsabilidades políticas o una posición proporcional a la gravedad de los señalamientos. La estrategia parece ser la de siempre: dejar correr el tiempo, cambiar la conversación y confiar en que su aparato propagandístico haga el resto.
Para eso están sus focas aplaudidoras, subordinados y algunas herencias del chespirato político, quienes desde blogs y redes sociales se han dejado los dedos intentando construir la imagen de una prócer incomprendida, estadista de altos vuelos y figura imprescindible de la política quintanarroense.
Mientras tanto, Isla Mujeres tiene problemas bastante más terrenales.
Porque ningún boletín, fotografía cuidadosamente seleccionada o publicación en redes sustituye las respuestas que merecen los comerciantes que han denunciado presuntos actos de presión o extorsión atribuibles a funcionarios municipales.
Tampoco borra las preguntas sobre el episodio ambiental relacionado con la muerte de tortugas.
En ambos casos existe algo que Atenea debería comprender después de tantos años viviendo de la política: cuando eres presidenta municipal, la responsabilidad política no se toma vacaciones.
Y mientras el municipio acumula cuestionamientos, Atenea parece convencida de que comprar docenas de cajas de chocolates Rocío, repartirlas entre amigos, personajes y dirigentes partidistas constituye una sofisticada operación política.
Pues no.
Regalar chocolates no convierte a nadie en obradorista.
Mucho menos en estadista.
Tampoco andar de lleva y trae información, acomodándose según el interlocutor y practicando una política donde la lealtad parece tener fecha de caducidad, convierte automáticamente a alguien en un activo valioso para Morena.
La política es bastante más compleja que una caja con moño.
Pero Atenea tiene otra preocupación: su futuro.
Porque la alcaldesa no solamente sueña con convertirse en diputada federal, sino que además se mueve en la sucesión estatal apoyando al amigo de su tío Julián Ricalde Magaña, Rafael Marín Mollinedo.
Curiosa sociedad política.
Una aspirante cuya administración enfrenta desgaste operando para un aspirante que tampoco consigue levantar.
Marín continúa intentando demostrar que existe una candidatura competitiva donde los números, el territorio y la conversación política parecen estar contando otra historia. Y mientras Eugenio “Gino” Segura y Ana Paty Peralta concentran buena parte de la atención en la verdadera disputa morenista, el exdirector de Aduanas sigue acumulando problemas para convertir cercanía política y apellidos de antiguos padrinos en respaldo electoral efectivo.
Ahí está Atenea haciendo su parte.
Operando para Marín, promoviendo, conversando, llevando y trayendo, quizá convencida de que una eventual victoria del tabasqueño puede convertirse en el trampolín que necesita para escapar políticamente de Isla Mujeres rumbo a San Lázaro.
El problema es que para brincar primero necesitas tener dónde apoyar los pies.
Y a Atenea el piso comienza a moverse.
Su madre, Alicia Ricalde Magaña, conoce perfectamente las reglas del poder. Su tío Julián también tiene kilómetros recorridos en la política quintanarroense. Atenea creció rodeada de política, campañas, alianzas, rompimientos y negociaciones.
Por eso resulta todavía más inexplicable que no haya entendido una regla elemental: ningún proyecto político puede sostenerse indefinidamente con propaganda cuando la realidad comienza a caminar en sentido contrario.
Puedes tener blogeros. Puedes tener operadores. Puedes tener subordinados inundando las redes de elogios. Puedes repartir chocolates. Puedes buscar padrinos.
Incluso puedes comenzar a imaginar tu fotografía como diputada federal.
Pero antes tienes que gobernar.
Y gobernar implica responder cuando aparecen denuncias graves, investigar a los funcionarios señalados, transparentar lo ocurrido y asumir políticamente los problemas ambientales que suceden bajo tu administración.
Porque mientras Atenea sueña con el siguiente cargo, los comerciantes quieren trabajar sin presiones y la protección ambiental de Isla Mujeres exige algo más que discursos.
Quizá ahí está la paradoja de la todavía presidenta municipal.
Tiene la mirada puesta tan lejos que dejó de observar lo que ocurre debajo de sus propios pies.
Atenea quiere ser diputada federal.
Rafael Marín quiere ser gobernador.
Ella opera para él y él necesita desesperadamente operadores que consigan aquello que su campaña todavía no produce por sí misma: crecimiento.
Los dos miran hacia arriba mientras políticamente parecen ir hacia abajo.
Y podrán repartir muchos chocolates.
Pero para el amargo sabor de una mala administración todavía no inventan envoltura. Así las cosas son.




