Por Joaquín Quiroz
En política hay partidos que ganan elecciones, otros que construyen oposiciones respetables y algunos más que sobreviven haciendo ruido, repartiendo candidaturas testimoniales y colocando a sus candidatos derrotados en regidurías de representación proporcional.
En Quintana Roo, Movimiento Ciudadano pertenece desde hace tiempo a esta última categoría.
El partido naranja se ha convertido en una especie de petate del muerto: lo sacuden cada proceso electoral, hacen creer que ahora sí espantará a alguien, anuncian figuras, reciclan candidatos, imprimen propaganda, graban videos y, al terminar la elección, regresan exactamente al mismo lugar de donde partieron a la irrelevancia.
Movimiento Ciudadano no gobierna uno solo de los 11 municipios de Quintana Roo, no ganó presidencias municipales, no obtuvo diputaciones locales de mayoría, no consiguió diputaciones federales ni alcanzó una senaduría por el voto directo de los quintanarroenses.
Lo poco que obtuvo fueron algunas regidurías de representación proporcional entregadas a candidatos derrotados, es decir, perdieron las elecciones, pero lograron colarse a los cabildos por la vía de las minorías.
Eso y nada, políticamente, casi es lo mismo.
Porque una regiduría aislada, sin mayoría, sin control presupuestal y sin capacidad para definir el rumbo de un Ayuntamiento no convierte a Movimiento Ciudadano en una fuerza gobernante.
Apenas le permite mantener a algunos personajes dentro de la nómina pública mientras llega la siguiente elección.
Mucho ruido naranja para tan pocas nueces, todavía parece reciente aquella aventura de Roberto Palazuelos Badeaux, quien creyó que trasladar su personaje televisivo a una boleta electoral bastaría para convertirse en senador, no bastó.
El denominado “Diamante Negro” terminó lejos de la competencia real y fue superado incluso por Mayuli Martínez Simón, candidata de la coalición PAN-PRI.
Palazuelos fue tan malo como candidato que ni siquiera la fama, el espectáculo y la exposición mediática lograron convertirlo en una opción seria.
Su candidatura fue la demostración perfecta de lo que Movimiento Ciudadano ha hecho en Quintana Roo: sustituir estructura por espectáculo, militancia por celebridad y proyecto político por ocurrencia.
La única representación de Movimiento Ciudadano en la XVIII Legislatura es José Luis Pech Várguez, quien llegó por la cómoda y generosa vía plurinominal.
Hasta ahora, su paso por el Congreso del Estado ha sido políticamente intrascendente.
Pech no ha logrado construir una oposición vigorosa, convertirse en referente del debate legislativo ni colocar a Movimiento Ciudadano como un contrapeso serio frente a la mayoría gobernante, lo único que hizo fue colocar a su hijo Gustavo como regidor en Othón P. Blanco.
Ha estado, pero estar no significa representar, ocupar una curul tampoco equivale necesariamente a ejercer liderazgo. Su presencia continúa la tradición naranja de diputados plurinominales que pasan por el Congreso sin dejar una huella política significativa.
Antes estuvo Maritza Deyanira Basurto Basurto en la XVII Legislatura, también llegada por la vía de la representación proporcional, quien fue un auténtico pan sin sal.
Antes de ella, José Luis “Chanito” Toledo Medina ocupó la posición naranja en la XVI Legislatura, con más nombre que resultados y más pasado político que aportaciones legislativas.
Tres legislaturas.
Tres diputados plurinominales.
Y ninguna figura capaz de transformar a Movimiento Ciudadano en una fuerza electoral verdaderamente competitiva.
Ese es el tamaño real del partido naranja en Quintana Roo: una curul obtenida por representación proporcional y algunas regidurías entregadas como premio de consolación a quienes perdieron las presidencias municipales.
Lidia Rojas: perder para seguir cobrando
El caso más representativo de esta política de supervivencia es Lidia Esther Rojas Fabro.
La actual regidora de Othón P. Blanco ha competido dos veces por la presidencia municipal y ha perdido en ambas ocasiones.
Sin embargo, después de cada derrota ha encontrado la manera de ingresar al Ayuntamiento mediante una regiduría de representación proporcional.
Es decir, pierde la elección, pero cobra dentro del gobierno municipal.
Mal negocio para el electorado.
Excelente negocio para la candidata siempre perdedora.
Lidia Rojas pretende presentarse como una gran opositora y como la alternativa natural para Chetumal, pero su capital político de hace tres años se ha ido desinflando.
Repartir despensas, vestirse de Santa Claus en Navidad, grabar videos con dos o tres personas y criticar cada desperfecto urbano no constituye por sí mismo un proyecto de gobierno.
Criticar es sencillo, gobernar o hacer proyecto real requiere mucho más.
Requiere estructura, conocimiento administrativo, capacidad de negociación, equipo, proyecto económico y una visión seria sobre los problemas de la capital del estado.
Lidia tiene presencia en redes, lo que no ha demostrado es que esa presencia pueda convertirse en mayoría electoral.
Si volviera a competir en 2027 frente a cuadros con estructura territorial y operación política, como Luis Gamero Barranco o Elda Xix Euán, correría un riesgo serio de perder por tercera ocasión.
Y entonces volvería a aparecer la pregunta inevitable:
¿Competiría para ganar la presidencia municipal o para asegurar nuevamente una regiduría?
Porque una tercera candidatura acompañada de una tercera derrota ya no podría venderse como perseverancia.
Sería reincidencia.
Lidia Rojas se ha convertido en la personificación de una práctica bastante rentable: vivir como candidata, perder como candidata y sobrevivir como regidora.
Movimiento Ciudadano la mantiene porque no tiene algo menos peor, ella permanece porque difícilmente otro partido le garantizaría la posibilidad de volver a encabezar una planilla después de perder reiteradamente.
No es convicción ideológica, es una sociedad de conveniencia.
Y el problema no es solamente Lidia, el problema es un partido que utiliza las candidaturas a presidentes municipales como trampolín para colocar regidores.
Compiten diciendo que quieren gobernar, pierden y después celebran haber obtenido una silla secundaria dentro del cabildo, Movimiento Ciudadano no gobierna Othón P. Blanco tiene una regidora, perdedora y un regidores naranjas de adorno.
Y una regidora sin mayoría, sin presidencia municipal y sin capacidad real de decisión no representa poder político, representa supervivencia presupuestal.
Chucho Pool: la cuarta vuelta por la nómina
En Benito Juárez aparece Jesús “Chucho” Pool Moo, otro personaje que ha pasado por diferentes partidos, cargos y candidaturas sin construir una identidad política estable, Pool ha sido diputado, funcionario, candidato y regidor, por el PRI, PRD, PAN, MORENA y dos veces por MC.
Lo que no ha sido es una alternativa novedosa.
Volver a colocarlo en 2027 dentro de una planilla municipal, especialmente para buscar nuevamente una regiduría, sería reconocer que Movimiento Ciudadano carece de cuadros jóvenes, ciudadanos y verdaderamente competitivos en Cancún.
Una cuarta vuelta consecutiva alrededor del mismo Ayuntamiento ya no sería experiencia, sería obstinación presupuestal.
Chucho Pool tampoco gobierna Benito Juárez, no ganó la presidencia municipal.
Llegó como regidor después de una derrota electoral, esa es la realidad, por mucho que los naranjas pretendan inflar la presencia de sus representantes en los cabildos.
Movimiento Ciudadano presume representar lo nuevo, pero en Quintana Roo suele postular a los mismos personajes que llevan años saltando de partido en partido y de nómina en nómina.
Lo nuevo envejeció antes de nacer.
Jorge Portilla entendió a tiempo
Jorge Portilla Mánica era probablemente el activo municipal más competitivo que conservaban los naranjas.
En Tulum tenía presencia, conocimiento del municipio y una aspiración largamente cultivada para llegar a la presidencia municipal.
Sin embargo, Portilla entendió algo elemental: dentro de Movimiento Ciudadano sus posibilidades tenían un techo demasiado bajo.
Se bajó del caballo naranja, se alejó de la órbita de Rafael Marín y terminó incorporándose al proyecto guinda.
Después de más de 15 años persiguiendo la presidencia municipal de Tulum, probablemente comprendió que continuar en MC era seguir participando para perder dignamente, obtener una regiduría o negociar una posición menor.
Su salida dejó al partido sin su perfil municipal más reconocible.
También exhibió una verdad incómoda: quienes todavía tienen posibilidades reales prefieren abandonar Movimiento Ciudadano antes que hundirse junto con él.
Alejarse de MC y de Rafael Marín pudiera ser precisamente lo que finalmente abra a Portilla una ruta competitiva hacia la presidencia municipal de Tulum.
Porque dentro del partido naranja habría seguido siendo el mejor de una escuadra condenada a perder.
A este escenario mediocre, se suma Leobardo Rojas López, quien ha convertido la confrontación permanente en sustituto de la construcción política, la estridencia puede generar titulares.
No necesariamente genera votos, Movimiento Ciudadano parece creer que denunciar, descalificar, gritar y confrontar basta para crear una opción de gobierno, no basta, una oposición seria necesita presentar alternativas, formar cuadros, construir estructura territorial y convencer a sectores sociales que hoy no encuentran representación.
El ruido sin organización es solamente ruido.
Y eso es, en buena medida, lo que ha producido Leobardo Rojas: declaraciones, enfrentamientos y protagonismo, pero ninguna estructura capaz de ganar elecciones.
Junto a él aparecen una que otra regidora aplaudidora, personajes sin peso territorial y figuras que pasan sin pena ni gloria por los cabildos.
Eso es lo que tiene actualmente MC en Quintana Roo.
No gobiernos.
No mayorías.
No municipios.
Apenas posiciones testimoniales para justificar su existencia.
Joaquín González Castro: administrar el cementerio
Ante semejante panorama, Movimiento Ciudadano decidió responder con una supuesta renovación que tiene aroma a restauración, Joaquín González Castro, conocido como “El Quino”, fue presentado con bombo y platillo para conducir los trabajos del partido en Quintana Roo.
González Castro es abogado, exnotario y un hombre con una extensa trayectoria pública, no es un improvisado, pero tampoco es renovación.
Ha transitado por distintos momentos, partidos, cargos y grupos políticos, sus mejores años de influencia pertenecen a otra época.
Su designación tendría sentido como reconocimiento a un fundador histórico, como consejero jurídico o como personaje de consulta interna, presentarlo como la respuesta política de MC rumbo a 2027 revela que el partido está mirando hacia atrás cuando debería estar construyendo hacia adelante.
El problema no es simplemente su edad, el problema es el tiempo político, Joaquín González Castro pertenece a una generación cuya etapa de mayor influencia ya pasó.
Sus mejores tiempos, sus redes más sólidas y su mayor capacidad de interlocución corresponden a otros momentos de la política quintanarroense.
Ahora lo colocan al frente de una organización sin estructura suficiente, sin candidatos ganadores, sin municipios, sin representación federal y sin una oferta atractiva para el electorado.
No lo nombraron para conducir un ejército, lo enviaron a administrar un cementerio.
Y por más experiencia jurídica, conocimiento político o memoria histórica que tenga “El Quino”, resulta difícil imaginar que pueda convertir en pocos meses a un conjunto de regidores testimoniales, candidatos derrotados y aspirantes reciclados en una fuerza capaz de disputar seriamente el poder.
MC no necesita un hombre de paja para cuidar la oficina, necesita votos, no necesita un souvenir de la vieja política, necesita candidatos competitivos, no necesita a alguien que recuerde cómo se fundó Convergencia.
Necesita explicar por qué, después de tantos años, sigue sin converger con el electorado quintanarroense, su llegada tampoco modificará la realidad electoral.
No hará competitiva a Lidia Rojas.
No rejuvenecerá políticamente a Chucho Pool.
No convertirá a Leobardo Rojas en estadista.
No devolverá a Jorge Portilla.
Y tampoco hará que José Luis Pech deje de vegetar en el Congreso.
Cambiar al dirigente no resuelve nada cuando el problema está en toda la estructura.
A la precariedad naranja se suma la aspiración de Gustavo Miranda García, otro político que ha transitado por distintas posiciones y proyectos y que ahora pretende ser considerado candidato a gobernador.
Miranda puede levantar la mano, es su derecho.
Pero entre levantar la mano y tener posibilidades reales existe un océano.
Una candidatura de Gustavo Miranda por MC difícilmente nacería para ganar.
Serviría para aparecer en la boleta, conservar presencia mediática y negociar políticamente después de la derrota.
Exactamente el mismo modelo que el partido ha repetido durante años.
El problema de Movimiento Ciudadano no es únicamente que carezca de una figura fuerte para la gubernatura.
Tampoco tiene cartas sólidas para competir en la mayoría de los municipios ni cuadros con posibilidades claras de ganar diputaciones locales por mayoría.
Lidia Rojas buscaría regresar por tercera ocasión a la contienda de Othón P. Blanco, probablemente para volver a perder y buscar otra regiduría.
Jesús Pool podría intentar reciclarse nuevamente en Benito Juárez.
Leobardo Rojas continuaría haciendo de la estridencia una estrategia.
Y alrededor de ellos quedarían algunas regidoras aplaudidoras, figuras desconocidas y candidatos reclutados de último momento para completar planillas y cubrir cuotas legales.
Ese no es un proyecto estatal.
Es una agencia de colocación.
Movimiento Ciudadano tiene una marca nacional atractiva, recursos públicos, propaganda bien diseñada y gobiernos importantes en otras entidades.
Pero en Quintana Roo se ha convertido en una franquicia dedicada a administrar derrotas.
Sus dirigentes hablan de futuro utilizando personajes del pasado.
Presumen ciudadanía mientras reciclan políticos provenientes de otros partidos.
Prometen renovación mientras reparten candidaturas entre quienes llevan años viviendo del presupuesto.
Y anuncian crecimiento cuando su principal logro consiste en obtener regidurías después de perder las presidencias municipales.
No gobiernan.
No ganan.
No construyen mayorías.
Solo acomodan derrotados.
Cambiar a José Luis Pech por Joaquín González Castro no resolverá esa contradicción.
Podrán organizar ceremonias, colocar templetes, repartir chalecos naranjas y presentar al nuevo coordinador con bombo y platillo.
Pero ninguna fotografía sustituirá la ausencia de estructura.
Ningún discurso ocultará la falta de candidatos.
Y ninguna trayectoria personal podrá revivir un partido que, electoralmente, parece empeñado en continuar siendo el petate del muerto.
Lidia Rojas seguirá buscando una nueva oportunidad para perder hacia arriba.
Chucho Pool continuará esperando que alguna planilla vuelva a recibirlo.
Gustavo Miranda soñará con una candidatura a gobernador.
José Luis Pech seguirá vegetando en su curul plurinominal.
Leobardo Rojas continuará confundiendo el escándalo con la política.
Y Joaquín González Castro tendrá que intentar arrear un conjunto de aspirantes que confunden la oposición con el empleo temporal y la militancia con el derecho adquirido a una candidatura.
En política, cambiar al encargado no sirve cuando la tienda está vacía.
Movimiento Ciudadano puede colocar al frente a “El Quino”, a un joven, a un veterano o al personaje que se les ocurra.
El resultado será el mismo mientras continúen privilegiando a los buscachambas, los reciclados y los derrotados profesionales.
Porque el verdadero problema del partido naranja no está solamente en quien conduce.
Está en que no tiene vehículo, combustible ni pasajeros.
Y así, rumbo a 2027, más que Movimiento Ciudadano parece Movimiento de Desempleados Políticos.
Un partido donde nadie gana elecciones, nadie gobierna municipios, pero casi todos terminan encontrando chamba.




