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Julián Ricalde: cuando la suerte se acaba y el talento nunca aparece.

Por Joaquín Quiroz

En política hay personajes que construyen carreras a partir de liderazgo, resultados y capacidad electoral.

Y hay otros que simplemente son producto del momento, de las circunstancias y de la fortuna.

La diferencia es sencilla: cuando desaparecen las condiciones que los impulsaron, también desaparecen ellos. El caso de Julián Ricalde Magaña parece encajar en esta última categoría.

Resulta llamativo que hoy pretenda repartir certificados de inteligencia política y memoria histórica cuando, precisamente, su trayectoria demuestra que pocas veces un personaje llegó tan lejos con tan poco capital político propio.

Conforme pasan los años, esta teoría se fortalece: Ricalde fue más consecuencia de coyunturas favorables que de un liderazgo construido.

Su historia comienza lejos del político que después quiso vender. A principios de este siglo era conocido más por ser hermano de Alicia Ricalde Magaña, figura con peso propio en Isla Mujeres, que por méritos personales.

Sus primeros intentos de Julián en el PAN, cuentan quienes vivieron aquella época, no prosperaron. Después recaló en un PRD que entonces abría espacio a perfiles muy distintos y donde encontró el vehículo perfecto para crecer.

Pero el verdadero arquitecto de su carrera tenía nombre y apellido: Gregorio Sánchez Martínez.

En 2008, Greg gana la presidencia municipal de Benito Juárez gracias a una combinación de factores políticos: un PRI debilitado, un candidato poco competitivo como Víctor Viveros Salazar y el desgaste de la administración de Francisco Alor. Sobre esa plataforma, Gregorio construyó el relevo.

No fue Ricalde quien ganó la candidatura por méritos propios.

Se la construyeron.

Se la financiaron.

Se la operaron.

Gregorio Sánchez prácticamente le entregó la candidatura para sucederlo, mientras enfrente contra Julian en aquella elección aparecía una adversaria igualmente débil como Guadalupe Novelo. La ecuación estaba servida. La victoria fue más producto del contexto que del candidato.

Paradójicamente, una vez instalado en la presidencia municipal, el primer movimiento político de Julián fue traicionar a quien lo había convertido en alcalde.

Incluso el propio Gregorio reconocería años después que haber impulsado a Ricalde fue uno de los mayores errores políticos que cometió para Cancún, y se sentía mal de hacerle tanto daño a Quintana Roo.

La  administración de Julián Ricalde quedó marcada por episodios que todavía forman parte de la memoria política de Benito Juárez.

Apenas iniciado el gobierno apareció un video donde aparece el entonces alcalde interino Jaime Hernández Zaragoza donde se observa a Ricalde recibiendo fajos de dinero cuya procedencia generó fuertes cuestionamientos políticos. Nunca logró sacudirse aquella imagen.

Mientras tanto, crecían las versiones sobre una administración donde abundaban los excesos.

El DIF Municipal en epoca de Julián Ricalde, era señalado constantemente por la cantidad de aviadores; familiares, amistades y personas cercanas encontraban espacio dentro de la nómina pública. También comenzó a construirse la fama de un alcalde más preocupado por el poder, el dinero y la vida personal que por resolver los problemas de la ciudad.

Su gobierno también coincidió con una etapa donde Cancún comenzó a resentir con mayor fuerza la presencia del crimen organizado.

En lugar de concentrarse en fortalecer la seguridad o profesionalizar la administración pública, la agenda parecía orientarse hacia decisiones de enorme carga propagandística: patrullas pintadas de amarillo para identificar al PRD, motocicletas Harley-Davidson para la policía, remodelaciones cosméticas, pintar parques de amarillo y un endeudamiento municipal cuyos efectos financieros continuaron durante varias administraciones posteriores.

La inseguridad aumentaba.

Los escándalos también.

Los giros negros proliferaban.

Las denuncias por represión política eran frecuentes.

Las “visitas sorpresa” a empresas privadas con inspectores de Protección Civil y Fiscalización, alimentaban señalamientos de presión institucional.

Todo ello fue construyendo una administración ampliamente cuestionada.

Paralelamente comenzaron a crecer los comentarios sobre negocios realizados al amparo del poder.

Entre ellos aparece reiteradamente la relación con Rafael Marín Mollinedo, empresario dedicado entonces a la distribución de alimentos, quien obtuvo contratos relacionados con el suministro para la cárcel municipal, la policía, la Casa Hogar y otras dependencias del Ayuntamiento.

Eran años donde los sistemas de transparencia, fiscalización y rendición de cuentas todavía estaban lejos del nivel de vigilancia que existe actualmente, situación que dejaba amplios márgenes para la discrecionalidad administrativa.

El desgaste fue inevitable.

En 2013 el PRD perdió Benito Juárez.

Paul Carrillo, postulado por el PRI, recuperó la presidencia municipal con una campaña construida precisamente sobre el contraste frente al gobierno de Ricalde.

Terminaba así la etapa donde la suerte todavía acompañaba al político isleño.

Después vendría la verdadera prueba.

Ya sin Gregorio.

Ya sin la coyuntura de 2010.

Ya sin una elección hecha a la medida.

Se incorporó al proyecto de Carlos Joaquín González mejor conocido como “Chespirito” y buscó nuevamente la alcaldía de Cancún en 2016 bajo la alianza PAN-PRD.

El resultado fue demoledor.

Mientras Carlos Joaquín ganaba la gubernatura, Julián Ricalde perdía frente a un joven Remberto Estrada Barba.

Ahí apareció la diferencia entre un candidato impulsado por circunstancias y un político con verdadero arrastre electoral.

La derrota fue tan contundente que ni siquiera quiso asumir la regiduría que había obtenido como premio de consolación. Prefirió solicitar un espacio dentro del gabinete estatal, donde terminó como secretario de Desarrollo Social sin dejar mayor huella política.

Pero insistió.

En 2018 buscó ahora el Senado.

Otra derrota.

Dos elecciones consecutivas perdidas.

Y con ello quedó claro que el fenómeno electoral nunca fue él.

Había sido el contexto.

Existe además una anécdota que varios protagonistas de aquellos años recuerdan.

Durante los primeros pasos de Morena, un joven acudió al Ayuntamiento buscando entrevistarse con Julián Ricalde para solicitar una oportunidad laboral. Esperó durante horas sin ser recibido.

Ese joven era el hijo de Andrés Manuel López Obrador, conocido hoy como Andy López Beltrán.

La historia explica, al menos parcialmente, por qué Ricalde jamás encontró un espacio real dentro del movimiento lopezobradorista.

En 2022 regresó mediante Fuerza por México, partido encabezado nacionalmente por Pedro Haces, obteniendo una diputación local gracias a la ola política que favoreció a esa alianza.

Nuevamente, el contexto.

Nuevamente, la circunstancia.

No el liderazgo propio.

Curiosamente, los partidos por donde ha transitado terminaron desapareciendo del mapa político: el PRD perdió su registro nacional; Fuerza por México también. Una coincidencia que alimenta la ironía entre quienes siguen la política quintanarroense.

Hoy los comentarios apuntan hacia otra realidad.

En Isla Mujeres, sostienen diversos actores políticos, la verdadera operación pasa por el grupo familiar integrado por Alicia Ricalde, Julián Ricalde y Atenea Gómez Ricalde, aunque oficialmente los cargos sean otros.

Mientras tanto, Julián reaparece cercano a Rafael Marín Mollinedo, viejo conocido desde los tiempos municipales, socios comerciales y hoy una figura que busca ser gobernador de Quintana Roo, arropado por gente como Julián Ricalde y su familia.

Quizá Rafael Marín deba recordar una vieja máxima de la política mexicana: hay personajes cuya principal habilidad no consiste en construir proyectos, sino en encontrar siempre un nuevo mecenas al cual adherirse.

Porque si algo demuestra la biografía política de Julián Ricalde Magaña es que la suerte puede abrir muchas puertas.

Lo verdaderamente difícil es mantenerse cuando la suerte decide marcharse. Y a Julián ya se le fue.

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