Por Joaquín Quiroz
Y bueno, después de sus paradisíacas y prolongadas vacaciones, reapareció la todavía presidenta municipal de Isla Mujeres, Atenea Gómez Ricalde. Regresó ella, porque los problemas nunca se fueron. Ahí permanecieron esperando: señalamientos de presuntas extorsiones a comerciantes, funcionarios municipales cuestionados y el escándalo ambiental por la muerte de cuando menos un centenar de quelonios que colocó nuevamente a la ínsula en el escaparate, pero por las razones equivocadas.
Lo verdaderamente sorprendente —aunque tratándose de Atenea quizá ya nada sorprende— es que regresó como si nada hubiera ocurrido.
Ni por equivocación enfrentó de manera frontal los asuntos que marcaron políticamente su ausencia.
Nada de explicaciones contundentes, responsabilidades políticas o una posición proporcional a la gravedad de los señalamientos. La estrategia parece ser la de siempre: dejar correr el tiempo, cambiar la conversación y confiar en que su aparato propagandístico haga el resto.
Para eso están sus focas aplaudidoras, subordinados y algunas herencias del chespirato político, quienes desde blogs y redes sociales se han dejado los dedos intentando construir la imagen de una prócer incomprendida, estadista de altos vuelos y figura imprescindible de la política quintanarroense.
Mientras tanto, Isla Mujeres tiene problemas bastante más terrenales.
Porque ningún boletín, fotografía cuidadosamente seleccionada o publicación en redes sustituye las respuestas que merecen los comerciantes que han denunciado presuntos actos de presión o extorsión atribuibles a funcionarios municipales.
Tampoco borra las preguntas sobre el episodio ambiental relacionado con la muerte de tortugas.
En ambos casos existe algo que Atenea debería comprender después de tantos años viviendo de la política: cuando eres presidenta municipal, la responsabilidad política no se toma vacaciones.
Y mientras el municipio acumula cuestionamientos, Atenea parece convencida de que comprar docenas de cajas de chocolates Rocío, repartirlas entre amigos, personajes y dirigentes partidistas constituye una sofisticada operación política.
Pues no.
Regalar chocolates no convierte a nadie en obradorista.
Mucho menos en estadista.
Tampoco andar de lleva y trae información, acomodándose según el interlocutor y practicando una política donde la lealtad parece tener fecha de caducidad, convierte automáticamente a alguien en un activo valioso para Morena.
La política es bastante más compleja que una caja con moño.
Pero Atenea tiene otra preocupación: su futuro.
Porque la alcaldesa no solamente sueña con convertirse en diputada federal, sino que además se mueve en la sucesión estatal apoyando al amigo de su tío Julián Ricalde Magaña, Rafael Marín Mollinedo.
Curiosa sociedad política.
Una aspirante cuya administración enfrenta desgaste operando para un aspirante que tampoco consigue levantar.
Marín continúa intentando demostrar que existe una candidatura competitiva donde los números, el territorio y la conversación política parecen estar contando otra historia. Y mientras Eugenio “Gino” Segura y Ana Paty Peralta concentran buena parte de la atención en la verdadera disputa morenista, el exdirector de Aduanas sigue acumulando problemas para convertir cercanía política y apellidos de antiguos padrinos en respaldo electoral efectivo.
Ahí está Atenea haciendo su parte.
Operando para Marín, promoviendo, conversando, llevando y trayendo, quizá convencida de que una eventual victoria del tabasqueño puede convertirse en el trampolín que necesita para escapar políticamente de Isla Mujeres rumbo a San Lázaro.
El problema es que para brincar primero necesitas tener dónde apoyar los pies.
Y a Atenea el piso comienza a moverse.
Su madre, Alicia Ricalde Magaña, conoce perfectamente las reglas del poder. Su tío Julián también tiene kilómetros recorridos en la política quintanarroense. Atenea creció rodeada de política, campañas, alianzas, rompimientos y negociaciones.
Por eso resulta todavía más inexplicable que no haya entendido una regla elemental: ningún proyecto político puede sostenerse indefinidamente con propaganda cuando la realidad comienza a caminar en sentido contrario.
Puedes tener blogeros. Puedes tener operadores. Puedes tener subordinados inundando las redes de elogios. Puedes repartir chocolates. Puedes buscar padrinos.
Incluso puedes comenzar a imaginar tu fotografía como diputada federal.
Pero antes tienes que gobernar.
Y gobernar implica responder cuando aparecen denuncias graves, investigar a los funcionarios señalados, transparentar lo ocurrido y asumir políticamente los problemas ambientales que suceden bajo tu administración.
Porque mientras Atenea sueña con el siguiente cargo, los comerciantes quieren trabajar sin presiones y la protección ambiental de Isla Mujeres exige algo más que discursos.
Quizá ahí está la paradoja de la todavía presidenta municipal.
Tiene la mirada puesta tan lejos que dejó de observar lo que ocurre debajo de sus propios pies.
Atenea quiere ser diputada federal.
Rafael Marín quiere ser gobernador.
Ella opera para él y él necesita desesperadamente operadores que consigan aquello que su campaña todavía no produce por sí misma: crecimiento.
Los dos miran hacia arriba mientras políticamente parecen ir hacia abajo.
Y podrán repartir muchos chocolates.
Pero para el amargo sabor de una mala administración todavía no inventan envoltura. Así las cosas son.




