Por Joaquín Quiroz
Mientras en Quintana Roo existen proyectos políticos que avanzan, construyen y compiten con posibilidades reales, también hay carreras que comienzan a desmoronarse cuando el poder deja de servirles como maquillaje.
Por un lado está el senador Eugenio “Gino” Segura, quien ya se colocó con todo en la ruta hacia la principal magistratura del estado. También aparece Ana Paty Peralta, presidenta municipal de Benito Juárez, con resultados, estructura, presencia territorial y dos periodos al frente de Cancún que la mantienen como finalista natural por la candidatura de Morena al gobierno de Quintana Roo.
En el otro extremo está Atenea Gómez Ricalde, todavía presidenta municipal de Isla Mujeres, cuya administración comienza a oler a final de régimen. Y no precisamente a uno exitoso, sino a esos gobiernos que, cuando se acerca la hora de entregar cuentas, descubren que debajo de la alfombra política ya no cabe más basura.
La carrera de Atenea no nació de una rebelión ciudadana ni de una lucha social. Nació cobijada por el apellido, por la estructura familiar y por el viejo panismo quintanarroense. Su entrada al poder estuvo ligada a Alicia Ricalde Magaña, su madre, figura histórica del PAN y beneficiaria política del gobierno de Carlos Joaquín González, aquel “Chespirito” que repartió cargos, membresías y espacios entre sus cercanos, y a quienes dejó con un palmo de narices, lo cual es motivo de otra columna.
Cuando Alicia Ricalde perdió en 2016 frente a Juan Carrillo Soberanis, terminó acomodada en APIQROO por el gobierno joaquinista. Atenea, mientras tanto, encontró espacio en el cabildo ya que era orgullo del nepotismo de su madre y al estilo panista se quedó con la herencia politica y mientras mami iba a pintar de azul hasta la navidad, Ate se quedó de regidora, y después recibió otro cargo de representación estatal en Isla Mujeres, de esos que sirven más para fabricar currículum representante del gobierno en la Isla que para transformar realidades.
Así empezó la heredera: no derribando puertas, sino encontrándolas abiertas por su apellido.
Después fue diputada local por el PAN. Ganó ante un adversario débil, llegó al Congreso y pasó sin pena ni gloria. No dejó una gran reforma, una batalla memorable ni una causa que los quintanarroenses puedan identificar como propia. Vegetó políticamente hasta que apareció la siguiente candidatura.
Entonces fue postulada a la presidencia municipal por la alianza PAN-PRI-PRD. La incongruencia comenzó desde ahí: una panista aliada con el PRI criticando a un gobierno priista el de su antecesor, mientras compartía boleta, intereses y conveniencias con el mismo partido al que golpeaba desde el discurso.
Nada nuevo: la ideología siempre ha sido para Atenea un accesorio desechable. Lo importante es conservar el poder.
Ya instalada en la presidencia municipal, el gobierno terminó convertido en una extensión del clan Ricalde. Su madre Alicia y su tío Julián adquirieron un peso político inocultable, mientras Atenea funcionaba como rostro institucional de una administración donde todo parecía quedar en familia.
La alcaldesa puede posar, sonreír y llenar sus redes sociales de propaganda, pero no puede borrar los cuestionamientos que persiguen a su gobierno: inseguridad, ejecuciones, robos, desapariciones, abusos policiales y una creciente percepción de desorden institucional.
La policía municipal, que depende políticamente del Ayuntamiento, ha sido señalada reiteradamente por ciudadanos por detenciones arbitrarias, riñas, excesos y presuntas prácticas de hostigamiento. Son acusaciones graves que Atenea Gómez debería aclarar con investigaciones transparentes, expedientes públicos y sanciones, no con fotografías, boletines ni discursos prefabricados.
Lo mismo ocurre con las áreas de fiscalización. Comerciantes y prestadores de servicios han denunciado presión, clausuras y un aparato recaudatorio que parece más interesado en castigar que en ordenar. Resulta absurdo que, en temporadas de baja ocupación y cuando el poco turismo debe cuidarse como oro, el visitante encuentre negocios cerrados, cortinas abajo y decenas de sellos municipales.
Eso no es gobernar: es asfixiar.
Pero el mayor acto de prestidigitación política llegó cuando Atenea comprendió que el PAN ya no podía garantizarle la reelección. Después de años de atacar a la Cuarta Transformación, a Andrés Manuel López Obrador y a la izquierda, dio el salto cuántico al guinda.
De la noche a la mañana apareció el chaleco de Morena.
Tres Doritos después, la panista de cepa ya se proclamaba obradorista, claudista, transformadora, enemiga del neoliberalismo y defensora del bienestar. La misma política formada, impulsada y beneficiada por el joaquinismo pretendió que Quintana Roo olvidara su origen con solo cambiar de colores.
No fue conversión ideológica. Fue supervivencia electoral.
Atenea no llegó a Morena por convicción; llegó porque entendió que fuera de Morena se terminaba su carrera. Repudió al PAN no porque hubiera descubierto sus fallas, sino porque el PAN dejó de serle útil. Cambió de camiseta, pero conservó las mismas prácticas, el mismo clan y el mismo apetito por controlar Isla Mujeres.
Y cuidado con señalarlo.
Porque la supuesta mujer progresista, de izquierda y defensora de las libertades mostró otra cara cuando algún periodista o medio publicó algo que no le gustó. Entonces aparecieron los intentos de utilizar instituciones y procedimientos para intimidar, silenciar o desgastar a quien se atreviera a cuestionarla.
La censura disfrazada de legalidad tampoco prosperó como habría querido, pero dejó en evidencia una cosa: Atenea acepta la libertad de expresión únicamente cuando la expresión le aplaude, o llega con porros a gritarle “gobernadora” matraqueros que se alquilan para nutrir el ego de la munícipe.
Ahora el grupo busca sucesor.
Mientras reciben, presentan y pretenden adoptar políticamente a Flavio Carlos Rosado como nuevo isleño al vapor, por debajo de la mesa revisan quién del clan familiar podría conservar el coto de poder. Porque una cosa es abrirle la puerta al invitado y otra muy distinta entregarle las llaves de la caja, la estructura y el territorio.
Después de dos administraciones municipales, más la de Alicia hace veinte años, los Ricalde no parecen dispuestos a abandonar fácilmente Isla Mujeres. Mucho menos cuando han convertido al Ayuntamiento en plataforma familiar, refugio político y centro de operaciones.
A ello se suma el acercamiento de Julián Ricalde y Alicia Ricalde con Rafael Marín Mollinedo, el aspirante tabasqueño que busca construir en Quintana Roo el arraigo que nunca tuvo. Atenea ya lo llama “tío”, como si los parentescos políticos pudieran improvisarse al calor de una comida, una fotografía o la nostalgia del viejo chespirato.
Pero los apellidos prestados no construyen liderazgo.
Atenea Gómez Ricalde parece acercarse al final de su ruta. El cambio de partido le alcanzó para reelegirse, pero no necesariamente para saltar a una posición superior. En Morena podrán tolerar conversos, pero difícilmente premiarán eternamente la incongruencia, el nepotismo y una administración cargada de señalamientos.
Mientras Gino Segura y Ana Paty Peralta avanzan hacia la sucesión con capital político propio, Atenea termina atrapada en el pequeño territorio que convirtió en patrimonio familiar.
Quiso disfrazarse de transformación, pero debajo del chaleco guinda siempre se le vio el azul panista.
Quiso presentarse como mujer del pueblo, pero gobernó rodeada de su madre, su tío y su clan.
Quiso vender futuro, pero terminó administrando el pasado.
Y así, entre el chespirato, los Ricalde y los “tíos” políticos adoptados al vapor, Atenea Gómez Ricalde puede haber llegado al límite de su carrera.
Porque cambiarse de partido puede salvar una elección.
Lo que no salva es una historia marcada por la conveniencia.




