Por Joaquín Quiroz Cervantes
Tan intrascendente fue el paso de la otrora priista Ana Gabriela Arana por la dirigencia del PRI en Cozumel, que su salida no alcanzó ni para provocar luto político. No pasaron ni dos horas —figuradamente hablando— para que en el otrora poderoso Revolucionario Institucional ya se hablara de relevo, reacomodo y sustitución.
Así de breve, así de gris, así de prescindible resultó su capítulo al frente de un partido que, en la isla de las golondrinas, no sólo perdió fuerza: perdió alma, estructura, militancia y rumbo.
Ana Arana se fue del PRI como llegó: haciendo más ruido en redes que en territorio. Con bombo, platillo y pose de ruptura histórica, quiso presentar su salida como si se tratara de un terremoto político.
Pero la realidad fue cruel: nadie se cimbró, nadie se desgarró las vestiduras y nadie salió a suplicarle que reconsiderara. Su salida fue noticia no por lo que representaba, sino porque confirmó lo que muchos ya sabían: su mayor acto político dentro del PRI fue abandonarlo.
Durante meses, Ana Arana se vendió a sí misma como “la revelación” del priismo quintanarroense. Decía, insinuaba o dejaba correr la versión de que era cercana a Alejandro “Alito” Moreno, que tenía línea directa con la dirigencia nacional y que su carrera iba en ascenso.
Puro humo. Pura espuma. Puro cuento de sobremesa para alimentar un ego político sin estructura real. La verdad es que su influencia no cruzó los límites de Cozumel, y aun dentro de la isla su peso fue limitado, discutido y profundamente cuestionado.
Porque una cosa es presumir cercanía con el poder y otra muy distinta es tener poder. Una cosa es tomarse fotos, atender visitas, mover redes y levantar polvo digital; otra, muy diferente, es construir liderazgo, operar territorio, sumar cuadros, contener fugas y generar respeto. Ana Arana no hizo eso. Su dirigencia fue decorativa, circunstancial y olvidable. Llegó a un PRI ya disminuido, pero ni siquiera en medio de esa decadencia logró sobresalir. En el partido de las ruinas, tampoco pudo ser columna.
Eso sí, cuando otros decidían salirse del PRI, ahí sí aparecía la metralla. Desde redes, desde el ruido, desde la grilla menor, se activaban ataques, descalificaciones y señalamientos contra quienes abandonaban el barco tricolor. Dedos le faltaban para aplaudir el escarnio contra los que se iban. Pero ahora que ella hace exactamente lo mismo, pretende venderlo como acto de dignidad, evolución o congruencia. No. Se llama conveniencia. Y en política la conveniencia sin talento termina pareciéndose mucho al oportunismo.
El caso de Ana Arana tiene además una carga política incómoda: su llegada a la regiduría también estuvo marcada por cuestionamientos. Su candidatura en la planilla del también derrotado Pedro Joaquín Delbouis fue señalada por sectores ciudadanos y actores políticos debido a la acción afirmativa con la que fue registrada. El debate llegó a tribunales, donde finalmente se confirmó su candidatura, pero la discusión pública quedó abierta: para muchos cozumeleños, su postulación no fue una historia de inclusión, sino de acomodo.
Ahí está el punto más delicado. Porque la inclusión no puede convertirse en escalera personal ni en salvoconducto electoral. Las acciones afirmativas existen para corregir desigualdades históricas, no para que políticos sin rentabilidad las usen como atajo. En el caso de Arana, sus críticos no olvidan que mientras se defendía jurídicamente una condición de discapacidad, su imagen pública en carnavales, bailes y actividades festivas alimentaba una contradicción política que le costó credibilidad. Legalmente pudo conservar su candidatura; políticamente, el golpe de percepción nunca se fue.
Y en política la percepción pesa. Pesa más cuando no hay trabajo que la contrarreste. Pesa más cuando no hay resultados que hablen por una figura pública. Pesa más cuando la regiduría se vuelve una silla ocupada y no una causa defendida. Ana Arana pudo haber convertido las críticas en agenda, pudo encabezar una lucha seria por la inclusión, pudo demostrar con hechos que su presencia en el Cabildo tenía sustancia. Pero no lo hizo. O si lo hizo, nadie lo recuerda. Y en política lo que nadie recuerda, simplemente no existe.
Su paso por la dirigencia municipal del PRI fue igual: llegó tarde a un partido en ruinas, se peleó con medio mundo, no levantó al priismo cozumeleño, no contuvo la decadencia, no generó una nueva narrativa y no construyó una base propia. Más enemistades que adhesiones. Más ruido que resultados. Más pose que liderazgo. Incluso entre los propios priistas su presencia terminó siendo incómoda, como esos invitados que llegan anunciando que van a salvar la fiesta cuando la fiesta ya terminó y el salón está vacío.
Hoy sus excompañeros pueden decir que lamentan su salida, pero en política hay despedidas que son pésames de protocolo. La realidad es que Ana Arana se va de un PRI casi extinto sin haberle aportado oxígeno, estructura ni destino. Se va sin dejar escuela, corriente, equipo ni legado. Se va de un partido que ya venía cayendo, pero su paso tampoco evitó el golpe. Ni siquiera dejó una grieta visible en la pared derrumbada.
Y el problema para ella es que tampoco parece tener una pista clara de aterrizaje. En Morena y en el Verde no se olvida que, desde su trinchera priista, fue una crítica feroz de la Cuarta Transformación. En la oposición dejó dudas; en el oficialismo dejó agravios; en el PRI dejó indiferencia. Ese es el peor lugar para cualquier político: no ser indispensable para los propios ni deseable para los ajenos.
Ana Gabriela Arana quiso vender su salida como capítulo importante de la política cozumeleña. Pero la verdad, brutal y sin maquillaje, es otra: lo más trascendente que hizo en el PRI fue irse. Y eso resume con crueldad su tamaño político. Porque hay renuncias que sacuden estructuras, hay salidas que anuncian rupturas, hay abandonos que marcan época. La suya no. La suya apenas confirma que hay personajes que confunden reflectores con liderazgo, redes con territorio y ruido con trascendencia.
Ana Arana se fue del PRI. Y el PRI, en su ruina, siguió exactamente igual: débil, solo y decadente. Esa es quizá la sentencia más dura para ella: ni siquiera en un partido casi muerto logró ser indispensable.




