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El ocaso de los apellidos y el nacimiento de una nueva política. 

Por Joaquín Quiroz

Quintana Roo vive una transformación política que muchos aún se resisten a entender. Hay quienes siguen analizando el presente con las reglas del pasado, sin comprender que el sistema político que durante décadas dominó la vida pública del estado dejó de existir hace tiempo.

Lo que hoy ocurre no es producto de un accidente; es la consecuencia de años de inmovilismo, soberbia y una incapacidad absoluta para evolucionar.

Durante décadas, el servicio público en Quintana Roo fue prácticamente secuestrado por los mismos grupos, las mismas familias y los mismos apellidos.

Más que una administración pública, se construyó una agencia de colocación laboral financiada con recursos públicos.

La rotación era mínima en Chetumal; cambiaban los cargos, pero no las personas.

Los apellidos “Rimbombantes” en Chetumal; llegaron a considerar natural que el gobierno les pertenecía por derecho hereditario y no por resultados.

Se acostumbraron a vivir del erario. Confundieron permanencia con mérito.

Creyeron que ocupar un cargo durante veinte o treinta años equivalía automáticamente a tener talento político. No fue así.

Mientras tanto, también se alimentó otra vieja teoría que terminó siendo demolida por la realidad: aquella que sostenía que Quintana Roo debía alternarse eternamente entre un gobernador de Cozumel y otro de Chetumal.

Esa fórmula, que muchos daban por escrita en piedra, terminó siendo víctima de los cambios demográficos y políticos que transformaron al estado.

Cancún creció. Se convirtió en el principal centro poblacional y económico de Quintana Roo, mientras el sur comenzó a dividirse internamente.

Buena parte de su clase política quedó atrapada en el llamado villanuevismo, resentida porque Miguel Borge primero y, posteriormente, Joaquín Hendricks Díaz nunca lograron satisfacer todas las ambiciones de quienes se asumían propietarios naturales del poder.

Con la llegada de Félix González Canto ocurrió algo distinto. Félix fue un político con oficio. Supo administrar egos, repartir espacios y construir equilibrios. Dio a cada grupo una parte del poder y logró mantener cohesionada una estructura política extremadamente compleja.

Pero ese equilibrio tuvo un costo.

Muchos personajes comenzaron a creer que el espacio que Félix les otorgó era producto exclusivo de su supuesto talento y no de una decisión política del gobernador.

Dejaron de agradecer y comenzaron a exigir. Cambiaron la institucionalidad por el chantaje permanente.

Después llegó Roberto Borge Angulo.

A diferencia de Félix González, Roberto ejerció el poder de otra manera. No estaba dispuesto a sobredimensionar a grupos que, en los hechos, aportaban muy poco.

Exigió resultados. Y aquello ofendió profundamente a quienes durante años únicamente habían administrado privilegios.

La reacción fue inmediata.

Muchos de esos mismos personajes optaron por la traición antes que por el trabajo institucional. Pensaban que la política seguía dictándose desde una Chetumal que ya no representaba el peso electoral del estado. Nunca entendieron que Quintana Roo había cambiado.

Fue justamente en ese contexto donde apareció otro fenómeno que pocos quisieron enfrentar.

El antiguo cacique político Nassim Joaquín impulsó la incorporación de su hijo Carlos Joaquín González, conocido como Chespirito, a la política quintanarroense, después de una trayectoria empresarial poco exitosa en Yucatán. Se le abrió espacio inicialmente como tesorero en Solidaridad y, posteriormente, comenzó la construcción de una carrera política cuidadosamente diseñada.

Paradójicamente, quienes durante años se proclamaban defensores del nativismo permanecieron completamente callados.

Ni protestaron.

Ni cuestionaron.

Ni exigieron.

Incluso Addy Joaquín Coldwell, hija legítima de Nassim Joaquín, promovió diversos recursos jurídicos cuestionando la residencia de su medio hermano, Carlos Joaquín en Quintana Roo.

Sin embargo, los autodenominados guardianes de la identidad quintanarroense guardaron un silencio absoluto mientras conservaran sus plazas, vehículos oficiales, choferes y privilegios.

El nativismo dejó de importar cuando la nómina seguía llegando puntualmente.

Aquellos mismos grupos que después se sintieron desplazados con la designación de Roberto Borge como candidato a gobernador jamás levantaron la voz cuando se fabricaba políticamente otra candidatura desde las estructuras del poder.

La historia terminó alcanzándolos.

Mientras peleaban entre ellos, Cancún seguía creciendo y el norte del estado acumulaba cada vez mayor peso político.

A Roberto Borge también le correspondieron errores de enorme dimensión.

Quizá el más importante fue apostar casi todo su capital político en José Luis Toledo Medina, “Chanito”.

Quiso repetir con él el modelo mediante el cual Félix González había impulsado su carrera.

La diferencia fue sustancial.

Roberto Borge había sido institucional y leal con quien lo impulsó.

José Luis Toledo terminó recorriendo exactamente el camino contrario.

La ruptura interna fue devastadora. Chanito operó contra Mauricio Góngora Escalante durante la elección de 2016 mientras el enfrentamiento entre Carlos Joaquín y el gobierno estatal alcanzaba su punto máximo.

A ello se sumaron otros factores determinantes: la cuestionada candidatura de cuadros débiles como Arlet Mólgora Glover en Othón P. Blanco; el papel de gran traidor de Filiberto Martínez Méndez en Solidaridad; el intento de impulsar a Georgina Ruiz Chávez en Cozumel tras la administración de su esposo Fredy Marrufo Martín, y una operación política encabezada por Pedro Flota Alcocer que nunca logró articular una estrategia eficaz.

El resultado fue histórico.

El PRI perdió Quintana Roo.

Chespirito llegó al poder capitalizando el desgaste del gobierno saliente, el resentimiento acumulado y las profundas divisiones internas del priismo.

Pero gobernar resultó muy distinto a ganar una elección.

Su administración terminó rodeada por personajes provenientes de diversos grupos políticos nacionales como Rafael Moreno Valle, Graco Ramírez, Eukid Castañón, Juan de la Luz Enríquez Kanfachi, Miguel Ramón Martín Azueta, Manuel Alamilla Ceballos, Francisco López Mena, Martha Silva, Eduardo Martínez Arcila, Emiliano Ramos Hernández y Rosa Elena Lozano Vázquez, entre otros.

Desde el inicio, el sello distintivo fue la revancha política.

La prioridad consistió en perseguir judicialmente a Roberto Borge, Mauricio Góngora y buena parte del grupo político anterior.

Paralelamente, varios de sus propios colaboradores terminaron enfrentando investigaciones, conflictos internos y acusaciones de corrupción.

Carlos Joaquín nunca logró construir un grupo político sólido.

Gobernó con alianzas circunstanciales, pero sin una estructura propia.

Su administración, además, enfrentó la pandemia por COVID-19, circunstancia que marcó gran parte del sexenio y limitó múltiples proyectos públicos.

Sin embargo, el desgaste político acumulado y la ausencia de resultados relevantes terminaron debilitando todavía más a un gobierno que nunca consiguió consolidar liderazgo estatal.

En paralelo, el PRI terminó fracturándose desde dentro.

Filiberto Martínez operó procesos internos que fortalecieron a Candelaria Ayuso Achach, quien había roto con el borgismo y felixismo a quienes todo debía en 2016. La división se profundizó hasta dejar prácticamente desmantelada la estructura que durante décadas gobernó Quintana Roo.

Por ello resulta impreciso afirmar que en 2022 Carlos Joaquín “entregó” el estado a Morena.

En realidad, difícilmente podía entregar algo que políticamente ya no controlaba.

Cuando Morena llegó al poder con Mara Lezama Espinosa, impulsada por el liderazgo nacional del expresidente López y la estructura del partido, encontró enfrente una oposición pulverizada, sin liderazgo, sin proyecto y sin capacidad de reorganización.

La vieja clase política había terminado destruyéndose a sí misma mucho antes de la elección de 2022.

Lo verdaderamente trascendente no fue únicamente la derrota del PRI.

Fue el colapso definitivo de un modelo político basado en apellidos, privilegios heredados, cuotas burocráticas y falsas jerarquías.

Hoy México y Quintana Roo transitan hacia otra etapa. Podrá gustar o no, podrá generar simpatías o resistencias, pero responde a reglas completamente distintas. Quien pretenda competir en los nuevos tiempos tendrá que hacerlo con resultados, estructura, territorio y legitimidad social.

Porque la política dejó de ser patrimonio de unos cuantos.

Y esa transformación apenas comienza.

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