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Gino suma; los derrotados siguen respirando por la herida.

Por Joaquín Quiroz Cervantes

Una semana intensa, movida y reveladora, y finalmente ocurrió lo que desde hace tiempo veníamos señalando en estas líneas: Eugenio “Gino” Segura asumió como coordinador estatal de la Defensa de la Transformación y la Soberanía Nacional en Quintana Roo, tomó las riendas políticas del movimiento y empezó a hacer exactamente aquello para lo que está formado: agradecer, sumar, conciliar y construir.

Quienes conocemos a quien hoy se perfila claramente como el próximo gobernador de Quintana Roo sabemos que Gino Segura no es un hombre de rencores ni de cuentas pendientes.

Es solidario, entiende perfectamente qué puede aportar cada persona, no necesita descalificar para crecer y, sobre todo, tiene los pies en la tierra. Su proyecto parte de una operación matemática elemental que algunos políticos jamás aprendieron: sumar y multiplicar, nunca dividir ni restar.

Ese es Gino Segura. Y quizá por eso ganó.

Lo verdaderamente interesante es observar la obstinación casi terapéutica con la que algunos seguidores del derrotado Rafael Marín Mollinedo continúan intentando fabricar una guerra que su propio candidato ya dio por terminada.

Marín fue bastante más sensato que varios de sus promotores. Reconoció públicamente que quedó en tercer lugar, aceptó el resultado de la encuesta, habló de unidad, aseguró estar satisfecho con el proceso y, cuando le preguntaron qué seguiría para él, respondió sin rodeos: se va a sus negocios.

Más claro ni el agua.

Rafael Marín entendió algo que sus seguidores todavía se niegan a procesar: perdió.

No quedó segundo, no hubo empate técnico, no quedó pendiente una segunda vuelta ni existe una encuesta secreta guardada debajo de alguna mesa esperando cambiar el resultado. Quedó tercero y decidió cerrar el capítulo.

Pero nunca faltan quienes sudan calenturas ajenas.

Los que durante meses se enfrentaron, insultaron, dividieron, operaron y hasta rompieron relaciones políticas pensando que al final recibirían su recompensa, hoy se quedaron con un palmo de narices, una colección de agravios gratuitos y la cabeza llena de fantasías.

Pretenden encontrar espejismos donde ya no existe desierto.

Buscan una segunda oportunidad para un proyecto cuyo propio protagonista dio por concluido.

Marín incluso reconoció que empezó tarde. Y esa quizá sea una de las pocas explicaciones políticas sensatas sobre lo ocurrido: llegó tarde a una carrera en la que otros llevaban años caminando, construyendo estructura, recorriendo municipios, haciendo política y generando identidad con Quintana Roo.

Y aquí aparece además una contradicción deliciosa.

Durante más de  décadas hemos escuchado el discurso nativista de quienes creen que haber nacido geográficamente dentro de las fronteras de Quintana Roo les entrega por ósmosis escrituras de propiedad política sobre el estado.

“Quintana Roo para los quintanarroenses”, repiten.

Curiosamente, muchos de esos mismos nativistas terminaron haciendo porras, colocando lonas, organizando reuniones y desgarrándose las vestiduras por Rafael Marín Mollinedo, nacido en Tabasco.

Entonces ¿en qué quedamos?

Porque resulta bastante cómico exigir certificado de nacimiento quintanarroense a unos y, cuando políticamente conviene, olvidarse súbitamente del requisito para aclamar a un tabasqueño.

Así de selectivos son algunos nacionalismos aldeanos.

Quienes escogimos Quintana Roo para vivir, trabajar, construir una familia, generar empleos, pagar impuestos y apostarle nuestra vida entera a esta tierra tenemos exactamente el mismo derecho a sentirnos parte de ella que quien tuvo simplemente el accidente geográfico de nacer aquí.

El arraigo no se imprime en un acta de nacimiento; se demuestra todos los días.

Mientras algunos siguen buscando culpables de su derrota, Gino construye y avanza.

Y quien también está dando una importante muestra de civilidad política y crecimiento es Ana Paty Peralta.

La presidenta municipal de Benito Juárez participó en el proceso, estuvo entre los perfiles relevantes y, concluida la definición, regresó inmediatamente a lo suyo: gobernar Cancún, la ciudad más importante política, económica y electoralmente de Quintana Roo.

Sin berrinches.

Sin sabotajes.

Sin ejércitos digitales explicándole al mundo que todos estaban equivocados menos ella.

Ana Paty tiene futuro político y bastante.

Puede perfectamente encabezar en el próximo proceso una candidatura al Congreso del Estado y convertirse posteriormente en una figura central del Poder Legislativo, incluso con posibilidades reales de presidir la Junta de Gobierno y Coordinación Política; también tiene abierta la posibilidad de regresar a San Lázaro como diputada federal por segunda ocasión.

Cualquiera de ambas rutas podría servirle para construir un proyecto rumbo al Senado en 2030.

Y de ahí, ¿por qué no?, mirar hacia 2034.

Parece lejano, pero algo hemos aprendido de la política construida alrededor del proyecto de Mara Lezama: aquí los movimientos serios no se improvisan seis meses antes de una elección, se trabajan durante años.

Ahí precisamente está la diferencia entre proyecto y ocurrencia.

Mientras unos trabajan calendarios de largo alcance, otros siguen peleando en Facebook la encuesta que perdieron.

A los seguidores de Rafael Marín les quedan entonces dos sopas.

La primera es actuar con inteligencia, entender que la contienda interna terminó, guardar las armas y sumarse al proyecto ganador.

La segunda es seguir respirando por la herida durante los próximos años.

Ellos decidirán.

Porque queda todavía aproximadamente un año del actual gobierno estatal y después vendrá un sexenio completo. Siete años son demasiado tiempo para vivir instalados en la frustración política.

Además conviene entender algo: indispensables no son.

Si Gino Segura los escucha, los incorpora y les abre espacio será precisamente por esa vocación incluyente que ha mostrado, no porque el proyecto dependa de ellos.

También quedó demostrada otra verdad incómoda: los bots hacen ruido, insultan, multiplican publicaciones y simulan conversación pública, pero no contestan encuestas ni votan.

La realidad electoral sigue ocurriendo fuera de las granjas digitales.

Y luego está el capítulo Ricalde.

Ahí sí hay material de sobra.

Apenas dos días antes de conocerse el resultado, Atenea Gómez Ricalde se desvivía públicamente en agradecimientos hacia Rafael Marín Mollinedo, reconociéndole incluso que le abrió las puertas del movimiento.

Dos días.

Dos benditos días hubiera esperado.

Porque en política la diferencia entre una demostración de gratitud y una fotografía de deslealtad muchas veces consiste únicamente en saber leer el calendario.

Pero lo verdaderamente surrealista vino después con Julián Ricalde Magaña hablando de desplazamientos a “morenos” y “fundadores”, como si él pudiera extender certificados de autenticidad ideológica.

¿Desde cuándo carajos Julián Ricalde es fundador de Morena?

¿En qué asamblea fundacional estuvo?

¿En qué momento de su zigzagueante trayectoria política se convirtió en guardián de las esencias morenistas?

Porque mientras Morena se construía, Julián Ricalde llevaba ya muchos años recorriendo otras rutas partidistas, principalmente alrededor del PRD, buscando espacios, candidaturas y posibilidades electorales.

Ahora resulta que pretende explicar quién merece estar en Morena y quién no.

Maravillas de la política quintanarroense: algunos no solamente cambian de camiseta, sino que después quieren cobrar antigüedad retroactiva.

El caso de Atenea Gómez deberá observarse con atención en los próximos meses, porque una cosa es acompañar una aspiración durante un proceso interno y otra muy distinta no entender cuándo terminó la competencia.

Y terminó.

El 15 de septiembre Eugenio “Gino” Segura recibió la responsabilidad política de coordinar la Defensa de la Transformación en Quintana Roo y quedó colocado en la ruta principal hacia 2027.

Ese es hoy el dato.

Todo lo demás son nostalgias, corajes, interpretaciones y heridas.

Gino Segura tiene ahora la obligación de demostrar que esa narrativa de unidad no es solamente discurso. Tendrá que sumar a quienes estuvieron con él, a quienes estuvieron con Ana Paty Peralta, a quienes acompañaron otros proyectos e incluso a quienes apostaron por Rafael Marín y sepan comportarse políticamente después de una derrota.

Pero una cosa es sumar y otra cargar lastres.

Quien quiera construir tendrá lugar.

Quien únicamente pretenda dinamitar desde dentro deberá asumir las consecuencias de su propia decisión.

Porque la política tiene memoria, aunque algunos crean que basta borrar publicaciones de Facebook.

Hoy Gino Segura avanza.

Ana Paty Peralta entiende los tiempos.

Rafael Marín, por lo menos públicamente, aceptó su derrota y anunció su retiro de esta contienda, los únicos que parecen no haberse enterado son algunos de sus seguidores.

Y quizá alguien debería avisarles.

La encuesta terminó.

El ganador ya está trabajando.

Y mientras unos construyen el futuro, otros todavía siguen discutiendo con el resultado.

CURVA PELIGROSA…

Y bueno, cuando un proyecto político deja de abrazarlos, algunos personajes descubren de golpe que se quedaron huérfanos de la grilla.

Caso claro es Layla Flores Terrazas, otrora priista, después integrante de Movimiento Ciudadano y una de las figuras beneficiadas durante el chespirato encabezado por Carlos Joaquín González.

Layla fue titular de Licencias de Bebidas Alcohólicas y después del Registro Público de la Propiedad, siempre dentro de la estructura joaquinista y bajo la SEFIPLAN que encabezó Yohanet Torres Muñoz, mujer cómplice de Carlos Joaquin de dejar quebrado el Estado a finales del chespirato.

Cuando Layla tuvo poder, su paso por Alcoholes dejó fuertes críticas de empresarios por el trato y la operación de la dependencia.

Después llegó a Movimiento Ciudadano, obtuvo candidatura a diputada federal, perdió y más tarde recibió responsabilidades partidistas. Hoy anuncia su salida de MC con estridencia, dejando todavía más sola a Lidia Rojas Fabro, quien sigue viendo cómo se le desmorona el partido entre las manos, y demostrando su ineptitud política, cada día un poquito más.

Ahora Layla y sus aliados tendrán que buscar acomodo rumbo a lo que viene, pero la realidad es incómoda: en política no basta con haber ocupado cargos, hay que demostrar estructura, votos y resultados.

Sin Chespirito, sin puesto público y ahora sin Movimiento Ciudadano, llegó el momento de saber cuánto pesa Layla Flores por sí sola.

Porque una cosa es recibir espacios y otra muy distinta ganarlos.

Quizá le convenga poner en pausa sus hambres políticas y demostrar primero con qué cuenta realmente.

Porque hoy, más que candidata codiciada, parece otra damnificada del joaquinismo y el marinismo buscando nueva casa.

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