Por Joaquín Quiroz
Algo se rompió en la Cuarta Transformación. Quizá todavía no exista un acta de divorcio entre Claudia Sheinbaum Pardo y Andrés Manuel López Obrador, pero políticamente resulta cada vez más difícil negar que Palacio Nacional está construyendo su propia ruta y que esa ruta ya no necesariamente pasa por Palenque.
A punto de cumplirse dos años del gobierno de Sheinbaum, la presidenta enfrenta una realidad que no admite romanticismos ni lealtades sentimentales: administrar las consecuencias de seis años anteriores cargados de escándalos, investigaciones y señalamientos que alcanzaron áreas tan delicadas como aduanas, contrabando de combustibles, seguridad pública y personajes del círculo más cercano al expresidente.
El llamado huachicol fiscal dejó hace mucho de ser una expresión de sobremesa política. La propia Fiscalía General de la República investiga una compleja estructura de contrabando de hidrocarburos y ha detenido a exservidores públicos relacionados con esas operaciones. El caso alcanzó incluso a mandos navales y recientemente derivó en el traslado desde Argentina del excontralmirante Fernando Farías Laguna, señalado por la FGR como presunto participante de esa red.
Y desde Estados Unidos la presión tampoco disminuye.
La cancelación de la visa estadounidense de Andrés Manuel “Andy” López Beltrán, reportada públicamente en días recientes, y sobre todo la ofensiva judicial contra Rubén Rocha Moya cambiaron el tamaño del problema. Ya no estamos hablando solamente de pleitos domésticos entre grupos de Morena. Estamos frente a expedientes que tienen una dimensión internacional.
El caso Rocha es quizá la mejor fotografía de ese nuevo escenario.
El gobernador sinaloense, históricamente cercano a López Obrador, fue acusado por fiscales estadounidenses de presuntamente participar en una estructura de protección al narcotráfico vinculada con una facción del Cártel de Sinaloa.
Rocha niega categóricamente las acusaciones y México ha sostenido que Estados Unidos no ha entregado las pruebas necesarias para proceder conforme a derecho.
La propia FGR mantiene abiertas sus investigaciones. Es decir: jurídicamente habrá que esperar y respetar la presunción de inocencia; políticamente, en cambio, el daño ya ocurrió.
Rocha creyó que podía regresar tranquilamente a gobernar.
Duró poco el gusto.
El 21 de agosto reapareció en el gobierno de Sinaloa después de 112 días de licencia. La Secretaría de Gobernación se deslindó inmediatamente y aclaró que su retorno había sido una determinación exclusivamente personal. Morena hizo lo propio. Claudia Sheinbaum marcó distancia. Gobernadores y figuras del oficialismo cerraron filas alrededor de la Presidenta y no alrededor del sinaloense.
Cuarenta y ocho horas después, Rocha tuvo que recular y nuevamente dejar el cargo.
¿Hace falta una fotografía de Claudia Sheinbaum rompiendo una imagen de López Obrador para entender el mensaje? No.
En política los rompimientos rara vez comienzan con declaraciones. Comienzan cuando cambia el centro de gravedad del poder. Y eso es justamente lo que está ocurriendo.
En una esquina aparece el segundo piso de la transformación, encabezado constitucional y políticamente por Claudia Sheinbaum, acompañado por una figura que cada día adquiere mayor peso propio como Omar García Harfuch y por gobernadoras como Mara Lezama Espinosa, quien desde la sucesión presidencial apostó por Sheinbaum y ha mantenido una estrecha coordinación con el gobierno federal.
En la otra sobreviven los representantes más visibles del obradorismo tradicional, personajes cuya fuerza política estaba vinculada primordialmente al liderazgo de López Obrador y que hoy encuentran mayores dificultades para trasladar automáticamente aquel poder al nuevo sexenio.
Ahí aparecen nombres como Adán Augusto López Hernández, Gerardo Fernández Noroña, Epigmenio Ibarra y otros defensores del obradorismo más ortodoxo.
Porque una cosa es reconocer la enorme influencia histórica que conserva López Obrador dentro de Morena y otra muy distinta pensar que puede existir un gobierno con dos presidentes.
Sheinbaum está obligada a gobernar.
Y gobernar significa asumir costos, romper inercias y, llegado el momento, cortar lastres.
La propia Fiscalía General de la República merece aquí un capítulo aparte. Ernestina Godoy Ramos ocupa desde diciembre pasado la titularidad de la FGR y tiene frente a sí el enorme desafío de demostrar que la procuración de justicia no distingue apellidos ni genealogías políticas.
Porque si la máxima es que nadie está por encima de la ley, debe valer exactamente igual para un adversario político que para un amigo, un gobernador, un exfuncionario o el hijo de un expresidente.
Y todo este terremoto nacional inevitablemente tiene réplicas en Quintana Roo.
Aquí viene lo interesante.
La sucesión de 2027 ya comenzó y Morena tiene frente a sí distintos perfiles para encabezar la candidatura al gobierno del Estado. Entre los nombres que han construido presencia aparecen Eugenio “Gino” Segura Vázquez, Ana Paty Peralta de la Peña y Rafael Marín Mollinedo.
Pero no todos llegan al nuevo escenario político con los mismos activos.
Senador de la República, presidente de la Comisión Bicameral de Seguridad Nacional, lo mismo de la de Turismo y participante directo en uno de los temas prioritarios del gobierno de Claudia Sheinbaum: la seguridad. Desde esa responsabilidad ha defendido públicamente la estrategia federal encabezada por la presidenta y Omar García Harfuch.
Y ahí existe un dato político que no debe pasar inadvertido.
Gino y Harfuch han coincidido institucionalmente en el Senado y en la agenda de seguridad nacional. En política las relaciones no solamente se construyen tomándose fotografías en restaurantes; se construyen trabajando, generando confianza, compartiendo información y demostrando resultados.
Harfuch es hoy uno de los hombres con mayor poder y confianza dentro del gobierno de Sheinbaum.
Y Gino está políticamente mucho más cerca de esa lógica que de las nostalgias de Palenque.
Ana Paty Peralta también pertenece a una generación política mucho más identificada con la continuidad institucional del proyecto de Sheinbaum y mantiene como activo su condición de presidenta municipal de Benito Juárez, el municipio electoralmente más importante del estado.
¿Y Rafael Marín?
Ahí está el problema.
La principal carta política de Marín durante años fue precisamente aquello que hoy puede convertirse en su mayor debilidad: su cercanía histórica con Andrés Manuel López Obrador y con la familia López Beltrán.
No es una especulación que Rafael Marín pertenece al círculo histórico del expresidente. Su trayectoria dentro del gobierno federal estuvo directamente vinculada al obradorismo; dirigió el Corredor Interoceánico y posteriormente la Agencia Nacional de Aduanas. Medios nacionales han documentado además la cercanía política de Andy López Beltrán con el proyecto quintanarroense de Marín.
Y justamente Aduanas se convirtió posteriormente en uno de los epicentros políticos del escándalo del huachicol fiscal. En política también pesan los contextos.
Marín enfrenta señalamientos periodísticos y de organizaciones civiles relacionados con lo ocurrido durante su paso por Aduanas; incluso plataformas ciudadanas lo han colocado bajo escrutinio por presuntas irregularidades vinculadas al contrabando de combustibles. Son señalamientos, no sentencias, pero existen y forman parte inevitable del expediente político de cualquier aspirante a gobernador.
Entonces formulemos la pregunta verdaderamente importante:
Si Claudia Sheinbaum está consolidando su propio grupo; si Washington ha endurecido el escrutinio sobre figuras vinculadas al viejo régimen; si Omar García Harfuch fortalece su posición dentro del gobierno; y si Morena necesita candidatos competitivos que representen el futuro y no los pendientes del pasado, ¿realmente alguien piensa que la presidenta va a gastar capital político impulsando en Quintana Roo a uno de los hombres cuya principal credencial fue durante años ser cercano a López Obrador?
Difícilmente.
Rafael Marín puede seguir recorriendo Quintana Roo, organizando reuniones, sumando operadores y repitiendo que aparecerá en la encuesta.
Pero el tablero cambió, el padrino político que parecía representar su mayor fortaleza ya no despacha en Palacio Nacional.
Y peor aún: algunos de los personajes y episodios con los que históricamente se identificó aquel grupo se han convertido precisamente en los problemas de los cuales el nuevo gobierno necesita tomar distancia.
Mientras tanto, los astros parecen acomodarse para Gino Segura.
Tiene edad, estructura, presencia territorial, posición nacional, interlocución política, relación con el nuevo esquema federal de seguridad y algo todavía más importante: no necesita explicarle a Claudia Sheinbaum por qué pertenece al pasado.
En Quintana Roo, el segundo piso de la transformación comienza a tener rostro propio; mientras Gino Segura sube por la escalera del nuevo poder, Rafael Marín puede terminar descubriendo que se quedó esperando un elevador que todavía tiene botones… pero que ya no sube hasta Palenque.
Porque las sucesiones políticas no se resuelven únicamente con encuestas, fotografías, padrinazgos o recorridos territoriales. También se definen por la capacidad de interpretar correctamente hacia dónde se mueve el poder.
Y en este momento el poder federal ya tiene una nueva lógica, nuevos equilibrios y nuevos interlocutores.
En Quintana Roo eso beneficia a quienes entendieron a tiempo que el segundo piso de la transformación no consiste en administrar nostalgias del sexenio anterior, sino en construir cercanía, resultados y viabilidad política con el proyecto que encabeza Claudia Sheinbaum.
Ahí Gino Segura tiene ventaja. Rafael Marín, en cambio, enfrenta el problema de haber construido buena parte de su fortaleza alrededor de un grupo político cuyo peso ya no es el mismo y cuyas circunstancias nacionales se han complicado considerablemente.
El tiempo dirá hasta dónde alcanza cada proyecto.
Pero por ahora, mientras unos están construyendo puentes con el poder que gobierna, otros parecen seguir esperando instrucciones de un poder que ya gobernó.
Y en política, como bien se sabe, llegar tarde a la lectura del momento suele costar mucho más que perder una encuesta, así que Quintana Roo y Claudia apostarán por ir a la Segura y no empoderar a los que ya se fueron, y hoy son mal vistos por propios y extraños.




