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Joaquín González Castro y el “heroísmo” de trabajar para que otra cobre.

Por Joaquín Quiroz

En la política quintanarroense todavía existen hombres desinteresados, generosos y capaces de sacrificarse por causas superiores. Uno de ellos, al parecer, es Joaquín González Castro.

Su intención de encabezar Movimiento Ciudadano en Quintana Roo debe ser entendida como una auténtica muestra de amor a la camiseta naranja, y a su amigo de la infancia Dante Delgado, dueño de la franquicia naranja.

Porque si alguien supone que busca la dirigencia para acomodarse cómodamente en la próxima diputación plurinominal, convendría regalarle una copia de la ley electoral y, de ser posible, también unos lentes, pero en este caso González Castro es un gran jurisconsulto y sus lentes de adorno no son.

La realidad es menos romántica, pero mucho más divertida.

Movimiento Ciudadano tiene actualmente una sola diputación local de representación proporcional, ocupada por José Luis Pech Várguez. Es decir, la posición más importante y única que logró el partido fue encabezada por un hombre.

Y la legislación electoral de Quintana Roo establece que la lista de diputaciones plurinominales debe encabezarse alternadamente entre mujeres y hombres en cada periodo electivo.

Traducido al idioma de los dirigentes partidistas: después de un hombre, sigue una mujer.

No otro hombre. No un amigo. No el presidente del partido. No el que tenga más fotografías con la dirigencia nacional.

Una mujer.

Así que Joaquín González Castro estaría buscando dirigir Movimiento Ciudadano con una encomiable vocación de servicio: trabajar, recorrer el estado, tomarse fotografías, pronunciar discursos, organizar asambleas y construir una candidatura plurinominal que, en el mejor de los casos, tendría que entregarle a otra persona.

Eso sí es desprendimiento. Eso es amor al partido. Eso es llegar a cocinar la cena sabiendo que el platillo principal se lo comerá alguien más.

Porque tampoco es que Movimiento Ciudadano tenga un buffet de cargos para repartir.

En Quintana Roo no gobierna ninguno de los once municipios, no ganó diputaciones locales de mayoría, no tiene una maquinaria territorial sólida y su representación política puede medirse, prácticamente, con una silla.

Una. Y esa silla, además, en la siguiente elección tendría que ser disputada por una mujer.

De modo que la dirigencia naranja no parece precisamente el camino más corto hacia la abundancia política. Más bien se asemeja a administrar una fonda sin clientes, pero con varios aspirantes a gerente.

Lo interesante será observar cuántos cuadros de Movimiento Ciudadano mantienen el entusiasmo cuando comprendan que la joya de la corona no puede ser para Joaquín González Castro.

Porque en los partidos pequeños todos hablan de principios hasta que aparece una plurinominal. Ahí terminan las convicciones y comienzan los codazos.

González Castro podrá convertirse en dirigente, repartir candidaturas municipales, encabezar ruedas de prensa y posar con la seriedad institucional de quien dirige una fuerza política nacional en Quintana Roo.

Podrá hablar del futuro, de la nueva política y del crecimiento del movimiento naranja.

Lo que no podrá hacer, al menos no legalmente bajo la lógica de alternancia vigente, es colocarse cómodamente en el primer lugar de la lista plurinominal como sucesor de José Luis Pech.

Después de Pech tendría que venir una mujer. Y aquí empiezan las verdaderas preocupaciones. Porque dirigir un partido para después entregarle su principal candidatura a una mujer requiere madurez, disciplina y una generosidad política casi desconocida en estas tierras.

Habrá que ver si Joaquín González Castro realmente posee todas esas virtudes o si alguien, con cierta crueldad, todavía no le ha explicado la letra pequeña de la aventura naranja. Quizá piensa que la dirigencia incluye diputación automática, oficina, dieta legislativa y fotografía oficial.

Tal vez supone que presidir el partido equivale a encabezar la lista. O posiblemente confía en que la ley tenga memoria corta.

Pero la alternancia de género no es una sugerencia decorativa ni una cortesía electoral. Es una obligación que impide que el mismo género encabece consecutivamente la lista de representación proporcional.

Por eso, si Joaquín González Castro fue encomiable el trabajo para  llegar a la dirigencia, habrá que felicitarlo. No todos los días aparece un político  como “El Quino”, dispuesto a trabajar para que la posición más segura sea para otra persona.

No todos aceptan coordinar campañas, administrar derrotas y repartir candidaturas sin recibir la mejor recompensa. Eso no es cálculo político. Eso no es ambición personal. Eso es filantropía naranja.

Y si al final termina descubriendo que la plurinominal no era para él, siempre podrá decir que llegó por convicción, por ideales y por el deseo profundo de fortalecer a Movimiento Ciudadano.

Porque cuando la ley cierra la puerta de la plurinominal, nunca falta un político dispuesto a asegurar que, en realidad, solo quería servir al partido. Así que adelante Quno. La dirigencia es suya.

La plurinominal, muy probablemente, no. Pero nadie podrá negarle el mérito de haber trabajado con entusiasmo para que una mujer ocupe la única silla que Movimiento Ciudadano tiene posibilidades reales de conservar.

En tiempos de egoísmo político, semejante desprendimiento merece aplausos. O por lo menos una carcajada.

Ya entendemos por qué el hambre en su momento de la siempre regidora Lidia Rojas Fabro por ser dirigente naranja, ya que si hay un brinco político importante de regidora a diputada, ya que en su lista de deseos está pendiente, tal vez ser regidora perdedora por tercera vez no era algo tan atractivo, como ser diputada local, en una de esas si ya no quiere ir a hacer el ridiculo y perder por tercera vez al hilo, su amigo Quino le esté haciendo el trabajo para convertirla en diputada. Al tiempo.

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