Por Joaquín Quiroz.
En política, como en el fútbol, no basta con ponerse el uniforme para ganar un campeonato. Pero a diferencia de la cancha, donde un partido puede definirse por un golpe de suerte, las gubernaturas se construyen con organización, territorio, disciplina, operación política y, sobre todo, con unidad.
Ahí radica la enorme diferencia entre quienes hoy encabezan un proyecto con posibilidades reales y quienes siguen apostando al azar, al autoengaño y a la fantasía de que un cargo se obtiene únicamente por voluntad propia.
Mientras la conversación política en Quintana Roo comienza a perfilar el relevo de 2027, hay imágenes que hablan por sí solas. La dupla conformada por Eugenio “Gino” Segura y Ana Paty Peralta de la Peña no solamente aparece junta para la fotografía; hace territorio, encabeza asambleas informativas, dialoga con la militancia y transmite un mensaje que en Morena pesa más que cualquier discurso: unidad.
No es un detalle menor. En un movimiento donde la cohesión interna suele definir mucho antes que las campañas constitucionales, caminar hombro con hombro representa un activo político invaluable.
Gino y Ana Paty parecen haber entendido que el verdadero adversario no está dentro del movimiento, sino fuera de él. Por eso suman en lugar de competir entre ellos, multiplican en vez de dividir y construyen un proyecto que incluso podría trascender un solo sexenio.
La ecuación resulta evidente. Si Morena pretende dar continuidad al modelo político sembrado por Mara Lezama, necesita una nueva generación capaz de asumir ese legado sin fracturarlo. Y hasta ahora, quienes mejor han interpretado esa lógica son precisamente los dos cancunenses.
Mientras tanto, en la esquina opuesta del tablero político ocurre exactamente lo contrario.
Rafael Marín sigue intentando convertirse en un personaje cercano a un estado que durante muchos años conoció más desde las oficinas federales que desde sus comunidades.
Apenas comienza a descubrir que Quintana Roo es mucho más que el Aeropuerto Internacional de Cancún, Puerto Cancún o la zona hotelera. El recorrido por los municipios parece más un proceso de reconocimiento territorial que la consolidación de un liderazgo construido durante décadas.
Las postales abundan: camionetas de lujo, logística de alto nivel, vuelos en clase ejecutiva y recorridos perfectamente producidos. El contraste con la narrativa de cercanía resulta inevitable. Incluso llama la atención que quien formó parte del proyecto ferroviario federal difícilmente aparezca utilizando el Tren Maya para recorrer el estado; quizá el recuerdo del accidentado episodio del Tren Transístmico no haga precisamente de las vías férreas su medio favorito de transporte.
Del otro lado aparece Marybel Villegas, cuya principal especialidad continúa siendo la simulación política. Videos, fotografías y recorridos cuidadosamente editados intentan construir una narrativa de cercanía popular que difícilmente encuentra respaldo en resultados legislativos visibles durante su paso por la Cámara de Diputados.
Su llegada a esa posición, además, siempre estuvo más asociada al respaldo de un poderoso padrino político como Ricardo Monreal que a un liderazgo propio; un padrino que ya no concentra el poder que alguna vez tuvo.
Pero si algo exhibe la fragilidad de ese bloque es la imposibilidad de construir unidad incluso entre ellos mismos.
Hablar de un supuesto proyecto conjunto entre Rafael Marín y Marybel Villegas termina siendo un ejercicio de imaginación.
El narcisismo político de ambos, la necesidad permanente de encabezar cualquier esfuerzo y la incapacidad para ceder protagonismo hacen prácticamente imposible pensar en una ruta compartida.
Resulta más sencillo imaginar a Rafael Marín rejuveneciendo varias décadas o a Marybel descubriendo la congruencia política que verlos subordinando sus intereses personales a un proyecto común.
Y esa falta de cohesión termina permeando hacia abajo.
Sus equipos viven en confrontación permanente. Las diferencias internas son públicas. Existen viejas heridas que jamás cicatrizaron, particularmente entre Marybel y quien es la pieza preponderante de los afectos de Marín; Anahí González, ahí ni siquiera imaginar una fotografía juntas haciendo campaña.
A ello se suma otro error de cálculo que comienza a instalarse entre algunos de sus simpatizantes: asumir que competir por la gubernatura puede servir como plataforma para negociar posteriormente una candidatura municipal.
Las reglas políticas dentro de Morena ya no funcionan bajo esa lógica.
Quien aspire a gobernar Benito Juárez o cualquier otro municipio deberá competir específicamente por ese espacio y ser evaluado dentro de ese proceso.
La idea de perder una gubernatura para recibir como premio de consolación una presidencia municipal pertenece a otra época del movimiento.
Por eso resulta difícil visualizar que una eventual derrota de Rafael Marín o Marybel Villegas pudiera traducirse automáticamente en otra candidatura relevante.
Al final, la fotografía política empieza a definirse con bastante claridad.
Por un lado, un bloque que habla de unidad, continuidad y construcción colectiva.
Del otro, un conjunto de liderazgos que continúan atrapados en disputas personales, protagonismos y simulaciones.
Las encuestas podrán cambiar, los tiempos aún son largos y la política nunca admite absolutos. Pero existe una constante que rara vez falla: los proyectos que llegan divididos suelen perder antes de aparecer en la boleta.
Y, al menos hasta ahora, mientras Gino Segura y Ana Paty Peralta avanzan compartiendo ruta, Rafael Marín y Marybel Villegas parecen concentrar buena parte de su energía en competir entre ellos mismos.
En política, esa suele ser la derrota más costosa: la que comienza desde casa.




