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Puente Nichupté: la obra emblemática que consolida el legado de Mara Lezama

Por Joaquín Quiroz Cervantes.

En política, el tiempo pone a cada quien en su lugar: a unos como administradores de rutina y a otros como constructores de legado. En Quintana Roo, la línea es cada vez más nítida. Mientras algunos siguen atrapados en la lógica del pretexto, el gobierno estatal decidió apostar por una narrativa distinta: la de las obras que transforman y permanecen.

El Puente Nichupté no es un proyecto más en la agenda pública. Es, con claridad, la obra emblemática de Mara Lezama. No por el tamaño del concreto ni por la espectacularidad de su trazo, sino por lo que representa: la corrección de una deuda histórica en la movilidad de Cancún y la respuesta a un crecimiento que durante años fue ignorado por la falta de visión.

Cancún dejó de ser hace mucho una ciudad que podía improvisar su conectividad. La saturación de su acceso principal hacia la zona hotelera era un síntoma evidente de abandono estructural. El puente llega para romper ese cuello de botella, ordenar el flujo, reducir tiempos y, sobre todo, dotar a la ciudad de una infraestructura acorde a su dimensión real como motor turístico de América Latina.

Aquí no hay espacio para la simulación. Esta obra sintetiza una forma de gobernar: gestionar, coordinar y ejecutar. Porque ningún proyecto de este calibre ocurre sin una operación política eficaz. La alineación con la Federación, la capacidad de interlocución y la claridad de objetivos han sido determinantes. Y en ese terreno, Mara Lezama ha sabido moverse con precisión.

Los detractores, como suele ocurrir, intentan minimizar lo evidente. Pero la infraestructura no se debate en discursos, se mide en resultados. Y el resultado está a la vista: una obra funcional, necesaria y con impacto directo en la vida cotidiana de miles de personas y en la competitividad del destino.

Decir que el Puente Nichupté es un legado no es una exageración retórica, es una conclusión lógica. Porque los gobiernos se recuerdan por aquello que resiste el paso del tiempo. Y esta obra está diseñada para eso: para quedarse, para servir y para marcar un antes y un después en la historia urbana de Cancún.

Mara Lezama entendió que gobernar no es administrar lo existente, sino atreverse a transformarlo. Y en esa reforma el Puente Nichupté se construyó como su sello más visible: una obra emblemática que no solo redefine la ciudad, sino que fija su nombre en la memoria pública como el de una gobernadora que decidió construir, no justificar.

La carrera real: Gino y Ana Paty marcan el paso rumbo a 2027

En política no basta con querer estar; hay que demostrar por qué se debe estar. Y en Quintana Roo, rumbo a 2027, la baraja comienza a depurarse con una lógica simple pero contundente: resultados, cercanía real con el poder y operación efectiva en territorio.

Hoy, si se observa con frialdad —no con filias ni fobias—, hay dos figuras que avanzan en sincronía, sin estridencias innecesarias pero con consistencia política: Eugenio “Gino” Segura y Ana Paty Peralta. No es casualidad. Ambos han entendido que en el nuevo esquema del poder no se trata de protagonismos aislados, sino de articulación, disciplina y lectura correcta del momento político nacional.

Gino Segura ha hecho lo que muchos no logran: construir presencia desde el Senado sin desconectarse del territorio. Su operación es discreta, pero efectiva. No improvisa, no se desborda y, sobre todo, no se pierde en fantasias. Suma, gestiona y aparece cuando debe aparecer. Ese tipo de perfiles, aunque no siempre sean los más ruidosos, son los que terminan consolidándose.

Del otro lado, Ana Paty Peralta juega en una cancha distinta, pero con igual claridad. Gobernar Cancún no es menor: es administrar el municipio más dinámico y complejo del estado, con presión turística, crecimiento acelerado y exigencia permanente. Y en ese contexto, su principal activo ha sido sostener una línea de trabajo constante, sin desviaciones ni estridencias que rompan la estabilidad política que hoy exige el proyecto en turno.

Ambos comparten algo que en política pesa más de lo que se dice: alineación. Se les vio en la gira presidencial, se les percibe cercanos al centro de decisiones y, más importante aún, no generan ruido interno. En tiempos donde la unidad es discurso y requisito, ellos la ejecutan.

En contraste, Rafael Marín parece moverse en sentido inverso. No por falta de trayectoria, que la trayectoria se la dio el expresidente López poniendolo en posiciones estrategicas sin tener mayor mérito que una añeja amistad, sino por una evidente desconexión con la realidad política actual.

Su paso del tabasqueño como delegado en Yucatán de la secretaría del Bienestar no termina de cuajar: la percepción es de incomodidad, de operación forzada y de una realidad que no logra aterrizar en resultados visibles.

Hay un error que en política se paga caro: creer que el nombre pesa más que el momento. Y hoy, Marín no está logrando capitalizar ni una cosa ni la otra. Sus recorridos carecen de frescura, su estructura luce reciclada y su operación territorial no genera la tracción necesaria. Peor aún, en un movimiento donde la cercanía con la base es fundamental, la percepción de distancia —y de prácticas tradicionales como el acarreo— le resta más de lo que suma.

Las versiones que corren en el entorno político no son gratuitas: su posible exclusión de una eventual encuesta no responde a caprichos, sino a números. Y en política, los números son el único idioma que no admite interpretación.

Rumbo a 2027, el escenario comienza a ordenarse. No por declaraciones, sino por hechos. Mientras unos construyen desde la coordinación, el trabajo y la cercanía real con el poder, otros siguen atrapados en inercias que ya no funcionan.

En esta carrera, la diferencia no la marcará quién quiere ser, sino quién ya está siendo. Y ahí, hoy por hoy, la distancia empieza a notarse.

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