Por Joaquín Quiroz Cervantes
La política mexicana tiene memoria corta, pero los expedientes no.
Y cuando se abre una grieta en el sistema, lo que parecía aislado termina exhibiendo toda una red.
Eso es exactamente lo que está ocurriendo: el caso del llamado “venezolano” no es un hecho menor ni un episodio suelto; es el inicio visible de un efecto dominó que comienza a derrumbar estructuras completas de poder.
Porque no nos engañemos: aquí no hay casualidades, hay patrones.
La caída de Jorge “N”, alias el venezolano, no ocurre en el vacío.
Está directamente conectada con el entramado político que durante años operó con total impunidad bajo el cobijo de figuras como Carlos Joaquín González, quien hoy intenta resguardarse bajo el título diplomático en Canadá.
Pero el problema es estructural: cuando quien te protege pierde poder, quedas expuesto. Y eso es lo que está pasando.
El hilo conductor es más profundo y apunta directamente hacia Adán Augusto López Hernández, cuya caída política ha sido tan abrupta como reveladora.
Su salida del control del Senado no es un simple reacomodo: es el síntoma de que algo se rompió en el grupo que operaba bajo el paraguas del llamado “obradorato”.
Las filtraciones sobre vínculos con grupos criminales, el escándalo del huachicol y los señalamientos de corrupción no son ruido mediático: son piezas de un mismo rompecabezas.
Y en ese tablero, Quintana Roo no fue espectador, fue campo de operaciones.
El venezolano no solo era un operador menor; era, según múltiples versiones, un engranaje clave: financiero, ejecutor y operador político del llamado “chespirato”.
Su detención no solo implica un proceso penal, implica riesgo político para quienes lo impulsaron, protegieron y utilizaron. Porque si algo caracteriza a este tipo de perfiles, es que cuando caen… hablan.
Y si habla, el problema escala.
Porque entonces no solo se trataría de probar delitos individuales, sino de exhibir la red completa: quién lo trajo, quién le abrió las puertas, quién le permitió acceder a recursos públicos y, sobre todo, a quién respondía realmente. Y ahí es donde el nombre de Carlos Joaquín González vuelve al centro de la escena.
Pero el efecto dominó no se detiene ahí.
En paralelo, aparece la figura de Rafael Marín Mollinedo, otro integrante del llamado grupo Tabasco, cuya cercanía con estos actores no es nueva.
Las reuniones en Playa del Carmen durante diciembre del todavía titular de Aduanas y el exgobernador no fueron encuentros casuales: fueron intentos de reconfigurar poder, de construir una alianza que hoy, con este contexto, luce más como una maniobra desesperada que como una estrategia viable.
El problema para Marín es claro: quedó atrapado en medio de dos fuegos.
No solo perdió viabilidad política rumbo a la gubernatura, la cual se le esfumó, sino que también compromete su permanencia en posiciones clave como Aduanas.
El escenario que se dibuja es el de un político que, por intentar jugar en dos pistas o tres pistas, puede quedarse sin ninguna.
Y mientras tanto, la narrativa se desploma.
Porque durante años se vendió la idea de que el grupo Tabasco y sus lídres era un proyecto moralmente superior, incorruptible, distinto.
Y esa unión entre el obradorato y el chespirato, nada bueno ha traído, pensaban era una gran idea y sumar poder.
Pero los hechos están diciendo otra cosa: redes de complicidad, tráfico de influencias, operadores financieros oscuros y una cadena de favores políticos que hoy comienza a romperse.
La política, como el dominó, tiene una regla básica: cuando cae la primera pieza, las demás ya no se pueden detener.
Y en este caso, la primera ya cayó y es el Venezolano, quien de corbata se llevó a Marín ¿Quién seguirá?
Curva peligrosa..
El avance en la instalación de gas natural en Cancún es ya una realidad visible en distintos puntos estratégicos de la ciudad. Los trabajos de tendido de ductos avanzan principalmente en corredores clave, donde se está consolidando la infraestructura necesaria para llevar este energético a zonas habitacionales, comerciales y turísticas.
Se trata de un proyecto que ha pasado de la planeación a la ejecución, con un ritmo constante que busca garantizar cobertura progresiva y ordenada. La prioridad está en conectar primero los sectores de mayor consumo, lo que permitirá una transición energética más eficiente y con impacto inmediato en costos y operación.
Además, el desarrollo no es aislado: forma parte de una estrategia más amplia para fortalecer la capacidad energética del norte de Quintana Roo, mejorar la competitividad de Cancún y reducir la dependencia de combustibles más caros y contaminantes.
En términos prácticos, el avance refleja un cambio estructural: Cancún comienza a dejar atrás un modelo energético limitado para integrarse a uno más moderno, estable y sustentable, con beneficios directos tanto para la industria como para los hogares.




