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Marismo: liderazgo real frente a tempestades inventadas

Por Joaquín Quiroz Cervantes.

En la política quintanarroense hay una verdad que algunos intentan minimizar y otros no logran comprender: Mara Lezama no solo gobierna, lidera.

Y lidera con una lógica distinta a la de su antecesor.

Donde antes hubo confrontación estéril, resentimiento y un intento sistemático por pulverizar a la clase política local, hoy hay articulación, reconstrucción y conducción estratégica.

Mara no heredó un escenario terso; heredó fracturas. Y en lugar de profundizarlas, creó una corriente política propia: el marismo.

Un fenómeno que no depende únicamente de siglas partidistas, sino de alineación con un proyecto de gobierno, cercanía territorial y disciplina política. En términos simples: quienes entienden el proyecto trascienden; quienes apuestan al ruido, se diluyen.

La escena reciente lo confirma. Mientras focas aplaudidoras y voces agoreras intentaban fabricar un enfrentamiento inexistente, la gobernadora dio una lección de oficio político.

Posó para una fotografía con Rafael Marín Mollinedo, de visita en la entidad. Un gesto sencillo que desactivó la narrativa del conflicto que algunos querían inflar. No hubo choque, no hubo desaire, no hubo mensaje cifrado. Hubo institucionalidad.

Conviene poner contexto. Marín no llega a un territorio vacío. Quintana Roo tiene una conducción clara y un liderazgo consolidado dentro de Morena.

Además, el propio tabasqueño enfrenta un escenario complejo en su tierra es decir Tabasco, donde la figura de Adán Augusto López Hernández gravita con peso propio. Si el movimiento fue político —y en política nada es casual— el acercamiento tiene una lectura evidente: quien aspire a construir algo en Quintana Roo debe entender primero quién conduce aquí.

El marismo no es un club cerrado, pero tampoco es ingenuo. Es una estructura con base social, narrativa de gobierno y disciplina interna. Pretender aterrizar con aspiraciones maximalistas sin haber caminado una campaña, sin haber construido territorio y sin haber probado músculo electoral, es desconocer la dinámica local. La política no se hereda por cercanía geográfica ni por afinidad regional; se gana con trabajo, estructura y legitimidad.

Si el interés de Rafael Marín es genuino en esta entidad, el camino no empieza en la cima. Empieza en la base: territorio, operación, campaña real. Una regiduría, una diputación local, una construcción gradual. Lo demás es fantasía.

La fotografía, lejos de ser una señal de fractura, fue una demostración de control político. Mara Lezama no reacciona; administra tiempos, equilibrios y señales. Esa es la diferencia entre quien busca reflectores y quien ya ejerce liderazgo.

En Quintana Roo, la política no está en disputa permanente. Está conducida. Y eso, guste o no, tiene nombre propio.

En política hay quienes construyen proyecto… y hay quienes construyen calendarios imaginarios.

Rafael Marín Mollinedo nos regaló una telenovela por entregas: que si renunciaba en noviembre, que siempre no, que mejor en diciembre; que ahora sí en enero; que febrero era la fecha definitiva… porque en marzo —decían sus más entusiastas promotores— aterrizaba como “superdelegado” del bienestar.

Pues llegó marzo y lo único que aterrizó fue el silencio. Ni nombramiento, ni toma de protesta, ni señal oficial. Puro eco.

Repetir una versión no la convierte en verdad. La propaganda tiene un límite: cuando la realidad no la respalda, se desgasta.

Y eso le pasó al marinismo. Intentaron instalar la narrativa tantas veces que terminaron por vaciarla de credibilidad. En política, la expectativa sin sustento es un búmeran.

La política no es un acto de fe. Es matemática electoral, timing y capital político. Y en esa ecuación, hoy por hoy, las variables son claras. Lo demás fue —y sigue siendo— un intento de engañabobos que terminó evidenciando más debilidad que fortaleza.

Entre pitonisas de café y futuristas de utilería

Hay una fauna política que florece cada tres años: los analistas exprés, los operadores de sobremesa, las pitonisas de WhatsApp y los arquitectos de castillos electorales en el aire.

Dan risa. Y también pena ajena. Porque con una seguridad digna de oráculo griego venido a menos, ya decretaron que si no prospera la reforma electoral impulsada por la presidenta Claudia Sheinbaum —por la supuesta resistencia del Partido Verde y el PT— entonces en 2027 no habrá alianza en Quintana Roo, y sin alianza, según estos gurús vendehumo, el “ungido” inevitable sería Rafael Marín Mollinedo, presentado como el más puro de los Picapiedra en las huestes morenistas.

El argumento no resiste el más mínimo análisis serio.

Primero: la reforma electoral en discusión tiene una lógica estructural de alcance nacional y horizonte 2030.

No es una pieza diseñada para mover el tablero local en 2027. Si no se aprueba, el sistema vigente continúa operando con normalidad. No hay implosión, no hay ruptura automática, no hay divorcio decretado entre Morena y sus aliados. Pensar lo contrario es desconocer cómo funcionan las coaliciones: son acuerdos políticos, no reacciones hormonales.

Segundo: aun en el escenario hipotético —y poco probable— de una ruptura entre Morena y el Verde en Quintana Roo, la narrativa del “caos” es artificial. Morena en la entidad tiene dos activos competitivos, afiliados, con estructura, posicionamiento y antecedentes de triunfo: Gino Segura y Ana Paty Peralta. Ambos han ganado con las siglas guindas y tienen base territorial propia. Con alianza, sumarían; sin alianza, compiten. Los números no sugieren orfandad electoral.

Tercero: el Verde en Quintana Roo no es un enemigo sistémico. Ha sido socio estratégico en distintos momentos y, más allá de acuerdos formales, existe un factor que muchos analistas de utilería prefieren ignorar: el marismo.

Ese liderazgo político construido alrededor de Mara Lezama no depende exclusivamente de un logotipo partidista; es una red de respaldos reales, estructura territorial, grupos de apoyo y narrativa de gobierno que trasciende coyunturas. Subestimar ese fenómeno es no entender la política local.

Por eso resulta enternecedor ver a quienes se desgarran las vestiduras anunciando cataclismos inexistentes. Buscan ubres en las gallinas porque necesitan ordeñar una crisis que no existe. Apostaron a que su gurú tendría por fin vía libre en Quintana Roo y la realidad no acompaña su deseo. El proyecto no se construye con nostalgia ni con fantasías de pureza ideológica, sino con competitividad, estructura y viabilidad.

La política no es un concurso de misticismo ni un club de profetas. Es correlación de fuerzas, datos duros y liderazgo efectivo. Y en ese terreno, hoy por hoy, los escenarios son mucho más simples de lo que los futuristas de café quieren vender.

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