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Rafael Marín: del “me voy a mis negocios” al berrinche del tercer lugar.

Por Joaquín Quiroz

Hay derrotas políticas que se procesan con dignidad, inteligencia y oficio. Y hay otras que, conforme pasan los días, terminan desnudando exactamente aquello que las urnas, las encuestas y la realidad ya habían diagnosticado: falta de estructura, ausencia de operación territorial y una pésima lectura política. Rafael Marín Mollinedo parece empeñado en inscribirse en esta segunda categoría.

El pasado 15 de septiembre, en la Ciudad de México, Morena terminó con las especulaciones. La dirigencia nacional y la Comisión Nacional de Elecciones designaron a Eugenio “Gino” Segura Vázquez como coordinador de la Defensa de la Transformación y la Soberanía Nacional en Quintana Roo, posición que lo perfila como la carta del movimiento rumbo a la gubernatura en 2027. En el proceso participaron Ana Paty Peralta de la Peña, Rafael Marín Mollinedo, Marybel Villegas Canché y Alexa Murguía, además del propio Segura.

Hasta ahí no había demasiado que interpretar. Había un ganador y cuatro participantes que no ganaron.

Pero lo verdaderamente interesante ocurrió cuando Rafael Marín abrió la boca.

Afuera del recinto, frente a los medios, reconoció que había quedado en tercer lugar. No segundo, no empatado, no víctima de una conspiración cósmica: tercero.

Dijo además que respetaba al partido, que confiaba en las encuestas, que estaba conforme y satisfecho con el resultado.

Cuando le preguntaron por qué había quedado rezagado, respondió que había empezado tarde; y cuando le cuestionaron qué haría después fue igualmente claro: “A mis negocios”. Otros medios recogieron además su expresión de que ya estaba “grande para esas cosas”.

Perfecto. Se acabó la competencia. Se acepta el resultado, se felicita al ganador, se recoge el campamento y cada quien a lo suyo.

Eso habría hecho un político profesional.

Pero apenas cinco días después apareció otro Rafael Marín.

El mismo que el 15 confiaba en las encuestas, estaba satisfecho y se retiraba a sus negocios, para el 20 de septiembre ya advertía que porque hubiera llegado “esa gente” no significaba que fueran a hacer lo que quisieran en Quintana Roo; además anunciaba ante seguidores que estaba evaluando qué haría hacia adelante y cómo iban a transitar. En el mismo entorno, Ricardo Velasco hablaba ya de una disyuntiva de “inclusión o ruptura”.

Entonces, ¿con cuál Rafael Marín nos quedamos?

¿Con el del 15 de septiembre que reconoció la encuesta, aceptó su tercer lugar, habló de unidad y anunció su retiro a los negocios, o con el del 20 que ya estaba calentando al respetable y hablando de “esa gente”?

Porque las dos versiones no caben cómodamente en el mismo discurso.

Y ese es precisamente el problema de Rafael Marín y de buena parte de sus corifeos: quieren sustituir con ruido lo que no pudieron construir con política.

Ahora vayamos a los números, porque los números tienen una virtud maravillosa: no aplauden, no militan, no cobran nómina, no administran páginas de Facebook y tampoco se emocionan con reuniones de cumpleaños.

De acuerdo con información que llegó a esta redacción atribuida a ejercicios de posicionamiento manejados en el propio entorno de Rafael Marín, el panorama ya era malo desde antes de la definición.

Y debe precisarse: se trata de material interno cuya metodología no fue publicada por Morena ni puede equipararse con los resultados oficiales de la encuesta partidista. Sin embargo, su valor político está precisamente en que el diagnóstico coincide con lo ocurrido después.

La matriz dividía Quintana Roo en cuatro grandes regiones.

En Cancún y el norte turístico, donde se concentra aproximadamente 52 por ciento del peso electoral considerado en ese ejercicio, Ana Paty Peralta aparecía con 31 por ciento y Rafael Marín rondaba veinte puntos abajo. El diagnóstico era brutalmente sencillo: desconocimiento, poca visibilidad y débil posicionamiento.

En Riviera Maya, con un peso calculado de 25 por ciento, Gino Segura aparecía con 28 por ciento y aventajaba a Marín por alrededor de 17 puntos.

En el sur institucional, con 15 por ciento del peso del modelo, el desastre era todavía mayor: Segura llegaba a 37 por ciento y la diferencia frente a Rafael Marín alcanzaba 31 puntos.

La recomendación del propio documento era prácticamente esconder el problema: evitar sobreexposición y concentrarse primero en liderazgos, encuentros cerrados y construcción institucional.

Y en la Zona Maya y Centro, con 8 por ciento, Gino registraba 26 por ciento y Marín seguía aproximadamente once puntos atrás.

Es decir: según ese propio diagnóstico, Gino dominaba tres de las cuatro regiones y Ana Paty encabezaba la región electoralmente más pesada.

¿Dónde estaba entonces esa supuesta ola marinista que ahora algunos descubren mágicamente después de perder?

En ninguna parte.

Los marinistas podrán llenar chats, compartir publicaciones, organizar porras y hacer creer entre ellos mismos que Quintana Roo está al borde de una insurrección popular por Rafael Marín.

El problema es que la política electoral no se gana en un grupo de WhatsApp ni con mil cuentas repitiendo el mismo mensaje. Se gana con conocimiento, estructura, territorio, organización y votos.

Y eso era exactamente lo que el propio diagnóstico atribuido a su equipo decía que faltaba.

Por eso resulta hasta cómica la nueva masturbación mental de algunos seguidores que ya fantasean con convertir a Marín en candidato del PT o de Movimiento Ciudadano y derrotar desde ahí a Morena.

Vamos nuevamente a los malditos números.

En la elección de diputaciones locales de 2022, el PRI obtuvo 26 mil 521 votos, el PVEM 122 mil 514 y el PT apenas 17 mil 937. En 2024, con una participación electoral mucho mayor, el PRI subió a 38 mil 796, el Verde a 136 mil 957 y el PT a 30 mil 772 votos. Las cifras oficiales del IEQROO confirman además que, porcentualmente, el PRI pasó de 4.85 a 4.77 por ciento; el Verde, de 22.41 a 16.85 por ciento; y el PT, de 3.28 a 3.79 por ciento.

Sí: el PT fue de los tres el único que mejoró ligeramente su proporción electoral, pero terminó 2024 con apenas 3.79 por ciento de la votación de diputaciones.

Y hay un dato adicional para quienes ahora sueñan con Movimiento Ciudadano: MC consiguió 81 mil 348 votos, equivalentes al 10.01 por ciento en esa misma elección de diputados de 2024.

Ni siquiera eso permite hacer la suma simplona que pretenden algunos.

Los votos de un partido no se heredan automáticamente a una persona. Ni los 30 mil del PT ni los 81 mil de MC aparecerían dócilmente en una urna con el apellido Marín simplemente porque algún operador resentido lo anuncie en Facebook.

Eso no es análisis político. Es aritmética de cantina.

Y todavía aparecen quienes hablan de repetir un “joaquinazo” como en 2016. La versión ya circula incluso públicamente desde Movimiento Ciudadano, donde se ha planteado aprovechar a los “heridos” del proceso interno de la 4T.

Comparar cualquier eventual aventura de Rafael Marín con lo ocurrido con Carlos Joaquín González hace diez años exige borrar deliberadamente las condiciones políticas de aquel momento.

Una elección no se reproduce porque alguien encuentre parecido en dos fotografías. Las coyunturas, partidos, estructuras, candidatos, gobiernos y correlaciones de fuerza son completamente diferentes.

Pero además hay algo elemental: para provocar una rebelión electoral primero hay que tener ejército.

Marín quedó tercero dentro de su propio proceso.

No lo dice esta columna.

Lo dijo Rafael Marín.

Él reconoció haber visto las encuestas. Él dijo confiar en ellas. Él aceptó que quedó tercero. Él aseguró estar satisfecho. Él atribuyó parte de su rezago a haber empezado tarde. Él dijo que se iba a sus negocios.

Entonces resulta políticamente grotesco que después se pretenda fabricar la narrativa del líder popular defraudado al que las masas supuestamente reclaman como candidato.

¿Defraudado por quién, si él mismo aceptó el resultado?

¿Robado dónde, si él mismo dijo confiar en las encuestas?

¿Imbatible cómo, si él mismo reconoció el tercer lugar?

Y alrededor aparecen los mismos animadores de ocasión. En el video difundido por el cumpleaños del diputado Ricardo Velasco —y en el material referido a esta redacción donde aparecen personajes como Atenea Gómez y Alberto Batún— el ambiente dejó de parecer el de quienes aceptaron democráticamente una derrota y comenzó a tomar aroma de revancha política.

De pena ver como solitos se debilitan los marinistas y sus poses de niño berrinchudo del septuagenario tabasqueño diciendo  sobre analizar “cómo van a transitar” hacia adelante.

Más que fuerza, están exhibiendo incapacidad para digerir un resultado.

La política tiene reglas muy sencillas: cuando ganas, conduces; cuando pierdes, negocias políticamente, construyes o te retiras. Lo que resulta poco serio es declarar el martes que respetas absolutamente al partido y el sábado comenzar a insinuar rebeliones porque descubriste, cinco días después, que el tercer lugar te dolió más de lo previsto.

Eso no es estrategia.

Es berrinche con membrete.

Rafael Marín tuvo su oportunidad. Se registró, recorrió, promovió su aspiración, participó en el procedimiento que previamente dijo aceptar y terminó tercero. Punto.

Después podrá competir donde legalmente pueda, intentar construir otro proyecto, buscar un partido que quiera postularlo o regresar efectivamente a administrar sus negocios. Está en todo su derecho.

Lo que no puede hacer sin quedar exhibido es pretender que la realidad del 20 de septiembre borre las palabras que pronunció el 15.

Mucho menos sus seguidores pueden convertir una derrota reconocida en una victoria imaginaria.

Porque una cosa es tener derecho a soñar y otra muy diferente falsificar políticamente la aritmética.

El PT tuvo 30 mil 772 votos en las diputaciones de 2024; el PRI, ese partido que los mismos marinistas suelen tratar como cadáver político, tuvo 38 mil 796. El Verde alcanzó 136 mil 957. Morena, para poner todavía más realidad sobre la mesa, registró 362 mil 292 votos, equivalentes al 44.57 por ciento.

Ahí está el tamaño de cada cual.

Y ninguna encuesta seria, ningún proceso electoral y ninguna elección se gana inflando likes, multiplicando trolls o reuniendo a los mismos convencidos para decirse entre ellos que son multitud.

Se gana haciendo política, caminando territorio, construyendo estructura., convenciendo personas que todavía no están contigo, y  principalmente, se gana obteniendo más votos que los demás.

Eso fue justamente lo que Rafael Marín no consiguió ni siquiera dentro del proceso en el que participó.

Así que antes de buscarle ubres a las gallinas, los marinistas deberían asumir algo mucho más sencillo: las gallinas no tienen ubres, las redes sociales no sustituyen las urnas y un tercer lugar sigue siendo un tercer lugar aunque mil focas aplaudidoras lo compartan diez veces.

Lo demás es ruido.

Y el ruido, por mucho que retumbe, no cuenta votos.

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