Por Joaquín Quiroz Cervantes
En el juego político de grandes ligas no basta con levantar la mano ni con colgarse de apellidos, amistades o nostalgias. Aquí se mide quién entiende la encomienda, quién tiene perfil, quién sabe dar continuidad y, sobre todo, quién tiene el tamaño político para crecer el encargo que recibe. Todo lo demás es relleno.
Por eso resulta inevitable contrastar trayectorias. De un lado, un joven senador de la República, Eugenio Gino Segura, que llegó ahí no por compadrazgos sino por territorio, campaña, estructura y resultados.
Fue el senador más votado de Morena en México en una elección la de 2024 donde pulverizó el espejismo mediático del llamado fenómeno Palazuelos, mandándolo al tercer sitio y enterrando las fantasías políticas del “diamante negro”. No fue casualidad: fue trabajo.
Ese senador no apareció de la nada. Trae formación, disciplina, arraigo y una lectura clara del estado. Ha construido presencia real, no de café ni de escolta, sino de calle.
Por eso hoy se perfila como el candidato natural para relevar la encomienda que hoy encabeza Mara Lezama. El salto lógico es evidente: de senador a gobernador. Nivel por nivel, responsabilidad por responsabilidad.
Porque en política, gente de primera releva a gente de primera. Lo contrario —premiar la mediocridad por amiguismo— solo exhibe la decadencia de los grupos que ya no tienen nada que ofrecer, como ocurrió con el cisma del bloque que alguna vez encabezó Adán Augusto López y su corte de incondicionales.
Del otro lado del tablero está el tabasqueño errante, ese que ha brincado de encargo en encargo gracias al afecto personal del expresidente Andrés Manuel López Obrador. Sin una preparación sólida que lo respalde, sin legado administrativo y sin resultados que defender. Su único mérito ha sido ser amigo, paisano y beneficiario del reparto del pastel.
Hoy, bajo el gobierno de Claudia Sheinbaum, ese modelo empieza a estorbar. La presidenta ha tenido que sacudirse herencias incómodas y personajes impresentables que hicieron daño al país.
Uno de ellos, enquistado en Aduanas sin mayor brillo, ahora pretende reciclarse disfrazado de quintanarroense, ocupando una silla en la que vegetó sin pena ni gloria Arturo Abreu y deja a su incondicional paisano.
Conviene decirlo sin rodeos: la Delegación Federal del Bienestar en Quintana Roo no es un centro de poder. Es una oficina de trámites, con recursos ya etiquetados y programas definidos constitucionalmente.
Quien crea que ahí se gobierna, no entiende el organigrama. La operación real, el territorio y las acciones sustantivas están en la Secretaría estatal de Bienestar, encabezada por Pablo Bustamante. Ahí sí hay músculo, presencia y resultados.
Celebrar que un funcionario del gobienro de México de segundo nivel baje a un encargo de sexto nivel no tiene nada de épico. Menos aún cuando el personaje carece de carisma, arraigo, don de gente y conocimiento social. En la vida real, basta verlo sentado en un café de Cancún: llaman más la atención sus escoltas que su figura.
Así que no, no hay relevo histórico, ni transformación, ni épica. Hay reciclaje burocrático. Y eso, en política, no se aplaude: se señala. Porque el tamaño del encargo siempre termina exhibiendo el tamaño del personaje. Ni más, ni menos.
Curva peligrosa…
La próxima llegada del gas natural a Quintana Roo marca un parteaguas para el desarrollo económico y energético del estado. No es un anuncio menor: es infraestructura estratégica que reduce costos, mejora competitividad y eleva estándares ambientales.
Su implementación en Cancún, Playa del Carmen y Puerto Morelos permitirá a la industria turística, comercial y de servicios operar con mayor eficiencia, menor dependencia de combustibles caros y altamente contaminantes, y con una planeación energética de largo plazo.
El gas natural no es discurso: es productividad, atracción de inversión y modernización real. Quintana Roo deja de improvisar y empieza a jugar en ligas mayores.




