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Claudia y Mara: Un Mismo Compás de Servicio

Por Joaquín Quiroz

Hay escenas que definen épocas, y hay encuentros que explican futuros. La reciente gira de la presidenta Claudia Sheinbaum por Quintana Roo dejó uno de esos momentos que, para quien observa con lupa la política, dicen más de lo que se pronuncia ante los micrófonos.


Porque ahí estaban, juntas, la primera presidenta de México y la primera gobernadora de Quintana Roo, sonriendo con esa camaradería fina, sin poses, que solo nace cuando dos historias —distintas, pero hermanadas— caminan al ritmo de la misma convicción.

Y es que Claudia y Mara, cada una desde su trinchera, han tenido que romper puertas que nunca estuvieron pensadas para que entraran mujeres como ellas. No vienen de apellidos de alcurnia ni fueron inscritas de nacimiento en el árbol genealógico de alguna élite política. Nadie las ungió ni las heredó.
A ellas nadie les regaló nada.

Ambas nacieron en hogares comunes, como los de millones de mexicanas que saben que la vida se conquista a pulso. Y quizá por eso, porque entienden el peso del esfuerzo cotidiano, comparten ese sello de autenticidad que les ha permitido conectar con la gente sin vitrina, sin escenografías: a pie, de frente, de tú a tú.

Claudia Sheinbaum, la científica, la académica rigurosa, la mujer que convirtió la física y la energía en herramientas de gobierno, fue caminando paso a paso: gabinete, alcaldía, jefatura de gobierno y hoy la histórica responsabilidad de conducir al país.


Mara Lezama, la comunicadora social, la periodista, la voz que acompañó por años a las familias quintanarroenses desde la radio y la pantalla, fue forjándose en la calle, en la denuncia, en las causas de la gente. Ahí encontró lo que luego MORENA transformó en vocación pública: dos veces presidenta municipal y hoy líder de una de las entidades más complejas y dinámicas de México.

Ambas llegan a sus encargos con un parecido destino: recibir administraciones fracturadas, llenas de deudas, corrupción enquistada, inseguridad y adversarios que no sólo estaban afuera, sino dentro de la misma casa.


Pero no buscaron culpables: buscaron soluciones.


No lloraron el desastre: lo arreglaron.


No se refugiaron en el protocolo: se arremangaron las mangas.

Mara tuvo que enderezar un estado hecho añicos, con un fiscal heredado que nunca trabajó para la justicia sino para los intereses más oscuros. No fue inmediato, pero el tiempo puso las cosas en su sitio, y hoy Quintana Roo respira otro aire porque se quitó ese freno que tanto daño hacía.

Claudia vive un espejo similar en lo nacional: enfrentó a un fiscal que, atrapado en vicios del pasado, se convirtió en obstáculo para la transformación. Enfrenta además a grupos de poder que no quieren ceder privilegios, a legisladores que juegan a la oposición desde MORENA por deporte, y a la habitual intromisión del vecino del norte, siempre opinando donde no le llaman.

Pero ahí están ambas: firmes, honestas, incansables.


Trabajando de sol a sol, sin lujos, sin excesos, sin otro interés que servir.


Tejiendo fino en territorios difíciles, recomponiendo instituciones, enfrentando inercias y resistencias con la serenidad de quienes saben que la historia no se escribe con berrinches, sino con resultados.

No extraña entonces que haya química, porque la comprensión entre semejantes es natural.


Son mujeres que saben lo que significa cargar con prejuicios, remar contracorriente, pelear por espacios negados y aun así salir adelante. Mujeres de obra, no de discurso. De hechos, no de pretextos.

Por eso, cuando se encuentran la presidenta y la gobernadora, no sólo se cruzan dos liderazgos: se cruzan dos historias de lucha que hoy construyen sinergias determinantes para México y para Quintana Roo.


Y en esos gestos de coordinación, en esas miradas de entendimiento inmediato, se alcanza a ver que están escribiendo páginas importantes para el futuro de la nación y del Caribe mexicano.

A veces, la política da sorpresas.


Y a veces, como hoy, da certezas: Cuando el liderazgo se ejerce con convicción, cuando la honestidad es bandera y cuando el servicio es vocación, las coincidencias no se improvisan… se construyen.

Claudia y Mara están haciendo eso.  Y el país —y Quintana Roo— lo agradecen.

Kikin, el milagro político de Tulum… o el regalo mal envuelto de Monreal

Y bueno… quien nomás no aprende es Enrique “Kikin” Vázquez, ese diputado federal plurinominal que, como ya hemos dicho en este espacio, llegó a San Lázaro como quien se sube al camión equivocado pero aun así se baja como si fuera su parada.

Un personaje sin trascendencia, sin trayectoria y sin tierra… hasta que mágicamente descubrió que era quintanarroense. Luego, como buen turista confundido, decidió que Tulum también era suyo. ¡Qué bonito es el autoamor!

De ser un perfecto desconocido, pasó a intentar vender la idea de que siente las raíces tulumnenses más hondas que las de un ceibo centenario. Ya él se ve caminando por el palacio municipal dando órdenes, mientras Diego Castañón termina su encomienda. Porque sí, aunque su paso legislativo ha sido tan tenue como una luz navideña fundida, Kikin ya se visualiza gobernando. Visionario, pues.

Y hablando de luces, no olvidemos su mejor momento estelar:

El día que se vistió de pino navideño en San Lázaro para votar el presupuesto. No sabemos si buscaba atención, aprobación o simplemente confundió diciembre con carnaval. Lo que sí sabemos es que las fotos dieron más risa que su propio discurso legislativo… si es que alguna vez dio uno que valiera la pena recordar.

Su paso por la Cámara Alta (porque él dice que fue “alta”, aunque haya sido suplente de suplente del suplente) dejó tanto impacto como un susurro en una tormenta: nada, ni para bien ni para mal.

Pero eso no le impidió, en un acto heroico de verborrea y demagogia vacía, presentar un informe de labores. “Informe”, claro… ese concepto flexible que en algunos políticos significa “vengo a hablar mucho pero a decir nada”.

El pueblo no fue.

La gente no llegó.

Y aun así habló como si tuviera la plaza llena. Mística política, le llaman.

Eso sí, llegó quien sí tenía que llegar: su creador político, el alquimista que convierte desconocidos en candidatos, Ricardo Monreal, acompañado de su hermano. Ambos viajaron hasta Tulum para escuchar las hazañas imaginarias de Kikin. Como un padre paciente que escucha el cuento mal contado de su hijo… pero con más bostezos.

También hicieron acto de presencia Josefina Rodríguez y Marcelo Ebrard, representantes del gabinete de Sheinbaum, quienes seguramente fueron víctimas de la agenda protocolaria, porque voluntariamente no se explica.

Y en representación de la jefa política de Quintana Roo estuvo el senador Eugenio “Gino” Segura, quien terminó siendo, para sorpresa de nadie, la figura más relevante del evento. Entre tanta palidez discursiva, el único con luz propia fue él.

Mientras tanto, Kikin apenas juntó un puñado de asistentes, apenas suficientes para llenar una cafetería en hora muerta. Y aun así, habló de “pueblo”, de “respaldo”, de “trabajo”. La imaginación, sin duda, es su talento más desarrollado.

Así es como Quintana Roo enfrenta la herencia que en su momento nos dejó Yeidckol Polevnsky, otro experimento político que echó raíces forzadas en la entidad. Y ahora, de la mano de Monreal, nos llega este retoño fallido: Kikin, quien demuestra que los hijos políticos de ciertos padrinos en Quintana Roo salen… pues… muy fallados.

Pero eso sí, con ganas de gobernar Tulum.

Alguien que le diga que primero hay que gobernarse a uno mismo.

Aquí seguimos, observando el espectáculo.

Al fin y al cabo, de eso se trata la política: de ver quién hace más ruido con menos sustancia.

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